Aspectos económicos del cultivo de frijol

Aspectos económicos del cultivo de frijol

La rentabilidad del cultivo de frijol depende de la interacción entre costos de producción, volatilidad de precios y acceso a mercados, en sistemas de pequeña escala los márgenes suelen comprimirse por altos costos unitarios de semilla certificada, fertilización fosfatada y mano de obra para deshierbe y cosecha manual, mientras que en explotaciones medianas la mecanización selectiva y la rotación con cereales reducen costos fijos por hectárea y estabilizan el flujo de caja, sobre todo cuando se integran contratos de compra anticipada.

Sin embargo, el frijol posee ventajas económicas estructurales, su capacidad de fijación biológica de nitrógeno disminuye la dependencia de fertilizantes nitrogenados en el mediano plazo, generando ahorros indirectos y mejorando la productividad del cultivo siguiente, además, su doble función como alimento básico y insumo industrial para harinas y alimentos balanceados diversifica la demanda, reduciendo el riesgo de colapso de precios locales, por eso la rentabilidad mejora cuando el productor gestiona coberturas de precio, almacena para venta escalonada y se vincula a cadenas de valor que paguen por calidad física y contenido proteico.

Costos de establecimiento

Los costos de establecimiento del cultivo de frijol concentran las decisiones económicas más sensibles del ciclo productivo, porque determinan la estructura de costos fijos y semivariables sobre la que descansará la rentabilidad posterior, en particular en sistemas de temporal donde la ventana de corrección es mínima. Entender qué rubros pesan más y por qué, permite anticipar errores que no solo encarecen la producción, sino que reducen la probabilidad de alcanzar el rendimiento de equilibrio económico.

En la estructura típica de costos en México, el establecimiento se concentra en cinco rubros dominantes: preparación del terreno, semilla, fertilización de base, control de malezas temprano y mecanización de la siembra, a los que se suma el costo financiero del capital inmovilizado. En sistemas mecanizados de temporal en el Bajío o Altiplano, estos componentes pueden representar entre 55 y 70 % del costo total del ciclo, con variaciones según nivel tecnológico y acceso a maquinaria propia o de servicio. La lógica económica subyacente es clara, los gastos iniciales fijan el potencial productivo, mientras que los gastos posteriores solo pueden, en el mejor de los casos, evitar que ese potencial se deteriore.

Preparación del terreno y mecanización: el peso de las decisiones tempranas

La preparación del terreno suele ser el primer gran rubro visible, pero su impacto real depende de la sincronía entre tipo de laboreo, textura del suelo y régimen de humedad. En muchas regiones frijoleras, el productor incurre en laboreo excesivo, con dos o tres pasos de arado más rastra, lo que incrementa el costo por hectárea sin generar un beneficio proporcional en establecimiento ni en control de malezas, además de degradar la estructura del suelo. Económicamente, esto se traduce en un aumento de costos variables directos en combustible y servicio de maquinaria, sin incremento medible en rendimiento, es decir, una clara disminución de la productividad marginal del capital invertido en laboreo.

El error costoso no es solo “labrar de más”, sino labrar en el momento inadecuado, cuando el suelo está demasiado húmedo o demasiado seco, lo que genera compactación o terrones que luego encarecen la siembra y el control de malezas. Este encadenamiento de errores técnicos genera un sobrecosto indirecto, porque obliga a más pasadas de rastra, mayor desgaste de implementos y, con frecuencia, una siembra más lenta, que expone al productor a perder la ventana óptima de humedad inicial. Desde la perspectiva económica, el costo de oportunidad de retrasar la siembra, asociado a menores rendimientos potenciales, suele ser mayor que el costo directo del laboreo adicional.

La mecanización de la siembra representa otro nodo crítico, sobre todo cuando se recurre a maquila. El costo directo por hectárea de la siembra mecanizada es relativamente estable, pero las pérdidas económicas aparecen cuando la calibración de la sembradora es deficiente, se generan fallas de población y se desperdicia semilla. Un error de 15-20 % en la densidad objetivo implica no solo un gasto innecesario en semilla, también una pérdida de uniformidad en el cultivo que se refleja en menor eficiencia en el uso de fertilizantes y agua. La siembra mal distribuida encarece el control de malezas y reduce la respuesta marginal a cualquier insumo aplicado después.

Semilla y fertilización de base: inversión o gasto hundido

El costo de la semilla certificada de frijol ha aumentado en los últimos años, presionado por costos de producción y logística, lo que lleva a muchos productores a reciclar semilla propia o comprar semilla “de comercio” sin trazabilidad. A primera vista, el ahorro puede parecer significativo, reduciendo el costo de establecimiento por hectárea, sin embargo, la lógica económica cambia cuando se incorpora el impacto de la calidad fisiológica y sanitaria de la semilla sobre el rendimiento. Semilla con baja germinación o infectada por patógenos como Colletotrichum lindemuthianum o virus del mosaico común genera fallas de población, plántulas débiles y mayor heterogeneidad, lo que se traduce en rendimientos inferiores de 0.3 a 0.8 t/ha respecto a lotes establecidos con semilla certificada, una brecha que, a precios actuales de frijol, supera ampliamente el “ahorro” inicial.

El error más costoso en este rubro es tratar la semilla como un insumo donde el objetivo es minimizar el precio por kilogramo, en lugar de maximizar el valor económico de su desempeño en campo, incluyendo la respuesta a tratamientos fungicidas e inoculantes. La subdosificación de semilla para “ahorrar” también es frecuente, sobre todo en condiciones de temporal, donde el productor teme perder inversión si falla la lluvia, pero al reducir la densidad por debajo del umbral agronómico, la probabilidad de alcanzar el rendimiento de equilibrio disminuye aún más, lo que en términos económicos incrementa el riesgo de no cubrir los costos de establecimiento, incluso en años con buena precipitación.

La fertilización de base constituye el segundo gran rubro de inversión inicial, especialmente en suelos con baja disponibilidad de fósforo y materia orgánica. El frijol, como leguminosa, tiene la capacidad de fijar nitrógeno, pero esta función depende de una nodulación efectiva, de la presencia de rizobios específicos y de un contexto nutricional adecuado. El error recurrente es la aplicación empírica de fertilizantes, sin análisis de suelo, con dosis estándar que no corresponden a la oferta y demanda real de nutrientes. Desde la óptica económica, esto genera dos tipos de ineficiencia, por un lado, se incurre en sobrefertilización de nutrientes no limitantes, con baja o nula respuesta en rendimiento, y por otro, se mantiene la subfertilización de nutrientes críticos como P y, en algunos casos, micronutrientes como Zn, que sí limitan la expresión del potencial productivo.

Cuando el productor decide recortar costos de establecimiento, la fertilización de base suele ser el primer rubro sacrificado, lo que desplaza el sistema a un equilibrio de baja productividad, difícil de revertir con aplicaciones de rescate. La consecuencia económica es un círculo vicioso, menores rendimientos reducen el margen para invertir en la siguiente temporada, perpetuando la subinversión en fertilidad. En contraste, una fertilización de base ajustada a análisis de suelo presenta tasas de retorno marginal que, en condiciones de manejo adecuado, superan con frecuencia 1.5 a 1 en frijol de temporal, es decir, por cada peso invertido se generan 1.5 pesos adicionales de valor bruto de producción.

Manejo temprano de malezas y costo del tiempo

El control de malezas en la fase de establecimiento es uno de los costos más subestimados y, paradójicamente, uno de los más determinantes en la rentabilidad del frijol. La competencia temprana, durante las primeras 4-6 semanas, puede reducir el rendimiento potencial hasta en 40 %, dependiendo de la presión de malezas y de la especie dominante. Sin embargo, muchos esquemas de producción siguen basándose en deshierbes tardíos o en aplicaciones de herbicidas fuera del momento óptimo, lo que incrementa el costo por hectárea y reduce la efectividad biológica.

El error económico crítico no se limita a elegir un herbicida inadecuado, sino a fallar en el calendario de intervención, lo que obliga a mezclas más costosas, dosis mayores y, en el caso de control manual, a más jornales por hectárea debido al mayor desarrollo de las malezas. Además, el retraso en el control genera un doble costo, directo por el incremento en labores y productos, e indirecto por la pérdida irreversible de rendimiento. Desde la perspectiva de la teoría económica de la producción, la ventana de control temprano es el periodo donde el producto marginal del trabajo y del capital invertido en deshierbe es más alto, por lo que desplazar la inversión fuera de esa ventana reduce de manera drástica la eficiencia económica del manejo.

En sistemas donde el productor busca reducir costos prescindiendo de herbicidas preemergentes, el resultado frecuente es un aumento en la dependencia de deshierbes manuales tardíos, con mayores costos unitarios por hectárea, especialmente en regiones con escasez de mano de obra o incremento del salario rural. El supuesto “ahorro” inicial se diluye frente a un costo total de control superior y a una pérdida de rendimiento que compromete el margen bruto.

Capital, riesgo y errores de asignación

Más allá de los rubros específicos, los costos de establecimiento del frijol están condicionados por el acceso al crédito y el costo financiero del capital. En contextos donde la tasa de interés efectiva supera 15-18 % anual, cada peso invertido al inicio del ciclo tiene un costo de oportunidad elevado, por lo que la asignación ineficiente de recursos se vuelve especialmente costosa. El error estructural es dispersar el capital disponible en múltiples insumos de bajo impacto marginal, en lugar de concentrarlo en aquellos que determinan el éxito del establecimiento, como semilla de alta calidad, fertilización de base racional y control temprano de malezas.

La aversión al riesgo lleva a muchos productores a subinvertir en el establecimiento por temor a pérdidas climáticas, lo que paradójicamente incrementa la probabilidad de resultados negativos, incluso en años normales. Desde la lógica económica, el establecimiento del frijol es un problema de optimización bajo incertidumbre, donde la estrategia dominante no es minimizar el costo absoluto, sino maximizar la probabilidad de superar el umbral de rentabilidad en un rango de escenarios climáticos. Los errores más costosos son aquellos que reducen esta probabilidad desde el inicio: siembra tardía por mala preparación del terreno, densidad de población insuficiente por ahorro en semilla, fertilización de base inadecuada y control de malezas fuera de tiempo.

En suma, los mayores costos de establecimiento del frijol no se explican solo por el precio de los insumos o el costo de la maquinaria, sino por la secuencia de decisiones técnicas que amplifican o reducen el valor económico de cada peso invertido. La clave está en reconocer que muchos de los errores visibles como “pequeños ajustes” de manejo son, en realidad, fallas de asignación de recursos con efectos multiplicativos sobre el rendimiento y la rentabilidad, especialmente en sistemas de temporal donde la ventana de corrección es estrecha y el margen de error económico, mínimo.

Costos de operación

Los costos de operación en el cultivo de frijol concentran las decisiones que definen si una superficie es rentable o solo sostenible a corto plazo, y en México esta frontera es especialmente delicada porque el cultivo se realiza mayoritariamente en condiciones de temporal, con alta variabilidad climática y de precios. En un contexto donde el margen bruto por hectárea puede oscilar entre 3,000 y 12,000 pesos según región, tecnología y año agrícola, entender con precisión qué rubros absorben más capital y cuáles errores se traducen en pérdidas estructurales se vuelve una tarea central de gestión, no solo de producción.

Estructura económica de los costos de operación

En términos contables, los costos de operación del frijol se agrupan en cuatro bloques: preparación del terreno y siembra, nutrición y manejo del suelo, protección fitosanitaria y manejo de malezas y cosecha y poscosecha, a los que se suman los costos transversales de mano de obra, energía y financiamiento. En sistemas comerciales de frijol en el Bajío y el norte de México, el costo total operativo típico se sitúa entre 12,000 y 22,000 pesos/ha, con rendimientos que van de 0.7 a 2.0 t/ha según el nivel tecnológico y la disponibilidad de agua, lo que deja claro que un pequeño desajuste en cualquiera de estos bloques puede borrar por completo el margen de ganancia.

El primer rubro relevante es la preparación del terreno, donde el uso excesivo de pases de rastra y barbecho, muchas veces por tradición más que por necesidad agronómica, eleva el costo de diésel, desgaste de maquinaria y mano de obra sin generar un incremento proporcional en rendimiento. En zonas de temporal con suelos de textura media, pasar de un esquema de 3-4 labores a uno de 1 barbecho + 1 rastra bien calibrada puede reducir hasta 1,500-2,000 pesos/ha, siempre que se acompañe con una adecuada nivelación y manejo de residuos. El error costoso aquí es confundir “más labor” con “más seguridad”, cuando en realidad se deteriora la estructura del suelo, se incrementa la erosión y se compromete la eficiencia de la lluvia.

La siembra concentra otro componente crítico: la densidad y el método de establecimiento. La siembra manual o semimecanizada, aún predominante en muchas regiones, implica altos costos de jornales, especialmente donde el salario rural supera los 250 pesos/día. La adopción de sembradoras de precisión para frijol, ajustadas a la variedad y al tipo de suelo, reduce el gasto en semilla (que puede representar entre 15 y 25 % del costo operativo) y mejora la uniformidad de emergencia, lo que tiene implicaciones directas en el uso posterior de herbicidas y fertilizantes. El error más caro en este eslabón es utilizar semilla no certificada con baja pureza varietal y sanitario deficiente, lo que incrementa la necesidad de agroquímicos y reduce el potencial de rendimiento, generando un doble costo: mayor gasto operativo y menor ingreso.

Nutrición, suelo y el costo de la subestimación

El frijol, por su capacidad de fijación biológica de nitrógeno, suele percibirse como un cultivo de baja exigencia nutrimental, y esa percepción conduce a uno de los errores económicos más frecuentes: la subinversión en fertilización fosfatada y potásica, así como en corrección de acidez o salinidad. En muchas zonas productoras, el productor destina menos de 10 % del costo operativo a fertilización, aplicando dosis empíricas de NPK sin análisis de suelo, lo que resulta en respuestas erráticas y baja eficiencia de uso de nutrientes. La omisión sistemática de fósforo disponible, por ejemplo, puede limitar la nodulación y la fijación de nitrógeno, obligando a aplicar más N mineral, que es más caro y menos estable en condiciones de temporal.

Desde la lógica económica, la nutrición del frijol debe verse como una inversión con retorno medible, no como un gasto que se recorta cuando suben los precios de los insumos. Ensayos recientes en estados del altiplano han mostrado que pasar de esquemas de fertilización “testigo del productor” a planes ajustados por análisis de suelo y requerimientos del cultivo puede incrementar el rendimiento entre 0.3 y 0.6 t/ha, con un costo adicional de 1,500-2,000 pesos/ha en fertilizantes y enmiendas, pero con un valor de producción extra que supera los 5,000-7,000 pesos/ha a precios promedio. El error costoso aquí es no contar con diagnósticos nutrimentales periódicos y seguir aplicando dosis inerciales, que en muchos casos implican pagar por nutrientes que el suelo ya tiene en niveles suficientes, o no aportar aquellos que realmente limitan el rendimiento.

A esta ecuación se suma el costo de la inoculación con rizobios eficientes, que suele ser bajo en términos absolutos pero con alto impacto cuando se realiza correctamente. Omitir la inoculación en suelos donde no hay historial reciente de leguminosas, o usar inoculantes caducos o mal manejados, obliga a que el cultivo dependa del nitrógeno del suelo y del fertilizante, elevando el costo por kg de N aprovechado. La lógica económica indica que el costo marginal de una inoculación bien hecha es muy inferior al costo marginal de suplir ese nitrógeno con urea o soluciones nitrogenadas, especialmente en contextos de volatilidad en los precios de fertilizantes.

Manejo de malezas, plagas y enfermedades: el costo de reaccionar tarde

El manejo de malezas es, en muchos sistemas de frijol, el rubro que más mano de obra demanda, y por tanto uno de los más sensibles al alza de salarios y a la disponibilidad de jornaleros. En esquemas tradicionales, se destinan 2 a 3 deshierbes manuales por ciclo, que pueden representar hasta 20-30 % del costo operativo total. La adopción de herbicidas selectivos y estrategias de manejo integrado de malezas, combinando preemergentes con pos-emergentes dirigidos, reduce el número de deshierbes manuales y estabiliza el costo por hectárea, aunque requiere mayor precisión en el momento de aplicación y en la calibración del equipo. El error más caro en este rubro es permitir que la competencia de malezas se extienda más allá de la etapa crítica (generalmente las primeras 4-6 semanas), lo que reduce el rendimiento potencial y obliga a intervenciones tardías más costosas y menos efectivas.

En el ámbito de plagas y enfermedades, el frijol enfrenta un dilema económico recurrente: el costo de la prevención versus el costo del daño. Productores que minimizan la importancia del monitoreo sistemático suelen aplicar insecticidas y fungicidas de forma calendarizada o reactiva, lo que incrementa el gasto en productos y aplicaciones sin necesariamente reducir las pérdidas, además de acelerar el desarrollo de resistencia. Por el contrario, sistemas que invierten en monitoreo, umbrales de acción y manejo integrado de plagas (MIP) logran reducir el número de aplicaciones y orientar el uso de productos de mayor especificidad, lo que disminuye el costo por unidad de control efectivo.

El error más oneroso en este bloque es la aplicación tardía o inadecuada ante enfermedades como la roya o el tizón común, o ante insectos como el trips y la mosquita blanca, que pueden causar pérdidas superiores al 40 % del rendimiento potencial, especialmente en variedades susceptibles. Desde la perspectiva económica, no se trata de gastar más en agroquímicos, sino de asignar el gasto en el momento y con la tecnología correcta, maximizando la relación costo-beneficio de cada intervención.

Cosecha, poscosecha y el costo oculto de las mermas

La cosecha concentra una parte relativamente menor del costo operativo directo, pero determina el volumen final comercializable y la calidad del grano, por lo que su impacto económico es desproporcionado respecto a su peso contable. En sistemas donde la cosecha es manual, el costo de corte, recolección y trilla puede elevarse rápidamente si se presentan lluvias al final del ciclo, ya que se prolonga el tiempo de campo y se incrementa el riesgo de desgrane, brotado y manchas en el grano. La mecanización con cosechadoras adaptadas al frijol reduce tiempos y dependencia de mano de obra, pero exige una inversión inicial alta y un volumen de superficie que justifique el costo fijo, por lo que el servicio de maquila se vuelve una alternativa frecuente.

El error más costoso en este eslabón es no sincronizar la cosecha con la madurez fisiológica y las condiciones climáticas, permitiendo que el cultivo permanezca en campo más tiempo del necesario, lo que se traduce en pérdidas por desgrane, acame y daños por lluvia. Estas mermas, que muchas veces no se registran explícitamente en la contabilidad, pueden equivaler a 0.1-0.3 t/ha, lo que a precios comerciales actuales representa varios miles de pesos por hectárea, superando con facilidad el ahorro aparente por retrasar la contratación de servicio de cosecha o por reducir una pasada de maquinaria.

En la poscosecha, el secado, la limpieza y el almacenamiento generan costos que a menudo se subestiman, pero que son determinantes para el precio de venta. Un grano con humedad por encima de 14 % o con alta proporción de impurezas recibe descuentos significativos, que en la práctica son pérdidas económicas directas. La falta de infraestructura de secado y almacenamiento obliga a vender rápidamente después de la cosecha, generalmente en momentos de sobreoferta y precios bajos, lo que reduce el ingreso neto por hectárea, incluso si los costos de operación previos se manejaron con precisión.

Finalmente, la lógica económica del cultivo de frijol muestra que los errores más costosos no son siempre los más visibles ni los que implican mayores desembolsos inmediatos, sino aquellos que distorsionan la relación entre inversión y rendimiento a lo largo de todo el ciclo. Subestimar la nutrición, retrasar el control de malezas y enfermedades, descuidar la calidad de la semilla y desatender la oportunidad de la cosecha son decisiones que convierten un cultivo con alto potencial social y económico en una actividad de alto riesgo y baja rentabilidad, aun cuando los costos unitarios parezcan contenidos en el papel.

Rendimiento esperado

Los rendimientos de frijol en México sintetizan en una sola cifra la interacción entre genética, clima, manejo y mercado, pero también definen la viabilidad económica del cultivo en cada región. El promedio nacional, que en los últimos años oscila entre 0.6 y 0.8 t/ha en condiciones de temporal, funciona como referencia técnica y financiera, aunque esconde una enorme heterogeneidad: desde sistemas de subsistencia con menos de 0.3 t/ha hasta esquemas tecnificados que superan 2.0 t/ha en riego. Entender qué significa ubicarse por debajo o por encima de este promedio permite dimensionar riesgos, márgenes y decisiones de inversión.

Esta heterogeneidad se explica por la combinación de regímenes de humedad, calidad de suelo y nivel tecnológico. En estados con fuerte dependencia del temporal, como Zacatecas, Durango o Oaxaca, la variabilidad interanual de rendimiento puede superar el 40 %, lo que convierte al frijol en un cultivo de alta volatilidad productiva y económica. En contraste, en zonas con riego controlado, como algunas áreas de Sinaloa, Guanajuato o Baja California, la producción se estabiliza y se desplaza el techo productivo hacia rangos de 1.8-2.5 t/ha, aunque con costos sustancialmente mayores. El promedio nacional, por tanto, no es un objetivo agronómico, sino un punto de referencia que separa modelos de producción de baja inversión de esquemas orientados al mercado.

Rendimiento promedio y umbrales económicos

El rendimiento promedio nacional no solo resume la productividad, también condiciona la estructura de costos. Para productores de temporal con manejo tradicional, el costo directo suele ubicarse entre 8,000 y 12,000 MXN/ha, dependiendo de la mecanización, la fertilización y el costo local de la mano de obra, de modo que con rendimientos de 0.6-0.8 t/ha y precios a puerta de parcela de 18-24 MXN/kg, el margen neto por hectárea es estrecho y muy sensible a pérdidas por sequía o plagas. En este rango, una caída de 0.2 t/ha puede significar el paso de un pequeño superávit a un déficit operativo.

En sistemas de riego, el costo total puede superar fácilmente los 18,000-22,000 MXN/ha, incorporando riego presurizado, fertilización balanceada, control químico de plagas y enfermedades, y semilla certificada. Para que el cultivo sea rentable en estas condiciones, el umbral de rendimiento económico se desplaza hacia 1.4-1.6 t/ha, de manera que los rendimientos superiores al promedio nacional no siempre implican mayor rentabilidad, si el costo por tonelada producida se incrementa más que el precio de venta. La clave es la eficiencia física y económica: cuánta producción adicional se obtiene por cada peso extra invertido.

Cuando el rendimiento se mantiene cercano al promedio nacional con costos de producción elevados, la rentabilidad depende de factores externos como apoyos gubernamentales, programas de precios de garantía o nichos de mercado para frijoles de calidad diferenciada (color, tamaño, variedad). En cambio, un productor que logra 0.9-1.0 t/ha en temporal con costos contenidos puede tener un margen por hectárea superior al de un productor de riego con 1.8 t/ha, si el diferencial de costos es demasiado amplio. La lectura del rendimiento debe hacerse siempre en relación con la estructura de costos y el precio esperado.

Implicaciones de rendimientos por debajo del promedio

Cuando los rendimientos se sitúan consistentemente por debajo de 0.6 t/ha en temporal, el cultivo tiende a adoptar un carácter de seguro alimentario más que de negocio, la venta se reduce a excedentes y la prioridad es asegurar semilla para el siguiente ciclo. En este escenario, el productor suele minimizar gastos en fertilización, control de malezas y protección fitosanitaria, lo que refuerza el círculo de bajos rendimientos, ya que el cultivo depende casi por completo de la fertilidad residual del suelo y de la lluvia. La variabilidad interanual se vuelve crítica: años con 0.2-0.3 t/ha pueden comprometer la liquidez de la unidad de producción.

Desde la perspectiva económica, rendimientos bajos elevan el costo unitario por tonelada de manera exponencial, porque muchos costos son fijos o semivariables (preparación del terreno, siembra, renta de maquinaria, parte de la mano de obra). Un productor que obtiene 0.4 t/ha con un costo de 9,000 MXN/ha enfrenta un costo de 22,500 MXN/t, difícilmente compensable con precios de mercado convencionales. En estas condiciones, la única vía para sostener el cultivo es reducir al mínimo los costos monetarios, recurriendo a insumos propios, mano de obra familiar y prácticas tradicionales, lo que limita la adopción de tecnologías que podrían elevar el rendimiento.

Esta situación también tiene implicaciones en la gestión del riesgo climático. En zonas con alta probabilidad de sequía intraestacional, los productores con rendimientos crónicamente bajos tienden a sembrar superficies mayores para compensar el riesgo de pérdida parcial, pero con baja inversión por hectárea, lo que diluye la capacidad de respuesta técnica ante eventos adversos. La falta de acceso a seguros agrícolas o a esquemas de financiamiento condicionados a rendimientos mínimos perpetúa esta dinámica, donde el frijol es un cultivo de alto riesgo y bajo retorno.

En términos de política agrícola, rendimientos por debajo del promedio nacional señalan territorios donde la prioridad no es solo aumentar la productividad, sino reducir la vulnerabilidad. La introducción de variedades de ciclo más corto, con mayor tolerancia a estrés hídrico, y la promoción de prácticas de conservación de humedad pueden desplazar el rendimiento hacia la franja de 0.8-1.0 t/ha sin requerir incrementos drásticos de inversión. Esto cambia la ecuación económica, porque el costo por tonelada se reduce y el productor puede considerar la venta como objetivo principal, no solo como salida eventual.

Rendimientos por encima del promedio y su lectura económica

En el extremo opuesto, rendimientos superiores a 1.0 t/ha en temporal o mayores a 2.0 t/ha en riego representan no solo un logro agronómico, también un cambio estructural en la lógica de negocio. En estos niveles, el frijol deja de ser un cultivo de supervivencia y se convierte en un componente estratégico del portafolio productivo, capaz de generar flujo de efectivo y capitalizar a la unidad de producción. Sin embargo, esta transición suele acompañarse de un aumento en la exposición a riesgos de mercado, ya que el productor se vuelve más dependiente del precio y de la capacidad de comercialización.

Rendimientos altos generalmente implican el uso de semilla mejorada, densidades de siembra óptimas, fertilización balanceada en N-P-K y, en muchos casos, incorporación de micronutrientes y enmiendas orgánicas, además de un manejo más intensivo de malezas y plagas. Cada una de estas decisiones incrementa el costo directo, pero también reduce la probabilidad de pérdidas catastróficas por factores bióticos. El resultado es un sistema más sensible a las variaciones de precio y menos vulnerable a los fallos de manejo, lo que desplaza el riesgo desde el campo hacia el mercado.

En regiones donde el rendimiento promedio estatal es bajo, un productor que logra consistentemente 1.0-1.2 t/ha adquiere una ventaja competitiva clara, ya que su costo por tonelada se reduce y su margen por hectárea se amplía, incluso con precios moderados. Esta ventaja se amplifica si puede acceder a canales de comercialización diferenciados, como acopio organizado, contratos de suministro o venta directa a consumidores urbanos. El rendimiento alto, en este contexto, no es solo un indicador técnico, es la llave para integrarse a cadenas de valor más complejas.

No obstante, rendimientos por encima del promedio también pueden ocultar fragilidades, especialmente cuando dependen de insumos importados o de paquetes tecnológicos rígidos. Una subida en el precio de fertilizantes o agroquímicos puede erosionar rápidamente la rentabilidad, sobre todo si el productor no ajusta dosis ni mejora la eficiencia de uso de insumos. La sostenibilidad económica de estos sistemas exige un monitoreo continuo del margen bruto por hectárea y de la relación costo/beneficio de cada componente tecnológico, más allá de la simple búsqueda de “más toneladas”.

En sistemas de riego con rendimientos de 2.0-2.5 t/ha, el frijol compite por superficie con otros cultivos de mayor valor por hectárea, como hortalizas o granos con contratos de compra establecidos. En este contexto, el rendimiento esperado se vuelve un criterio de asignación de tierras: si el frijol no alcanza un margen similar o superior, queda relegado a suelos marginales o a ciclos menos favorables. Mantener rendimientos altos y estables permite al frijol conservar su lugar en la rotación, aportando beneficios agronómicos como fijación biológica de nitrógeno y ruptura de ciclos de plagas, que también tienen un valor económico indirecto.

Finalmente, la distancia entre el rendimiento individual y el promedio nacional actúa como indicador de eficiencia sistémica. Un país con promedios bajos y pocos productores de alto rendimiento muestra una estructura productiva polarizada, con una mayoría atrapada en esquemas de baja inversión y baja productividad. En cambio, cuando el promedio se eleva por una mejora generalizada en manejo, acceso a insumos y servicios técnicos, la brecha entre rendimientos altos y bajos se reduce, y el frijol se consolida como cultivo económicamente viable para una fracción mayor de productores, no solo para quienes pueden invertir más.

Rentabilidad del cultivo

La rentabilidad del cultivo de frijol en México se juega en una frontera estrecha entre la variabilidad climática, la volatilidad de precios y la eficiencia con que se gestionan los recursos dentro de la unidad de producción, por eso el retorno sobre la inversión no depende solo del rendimiento por hectárea, sino de la capacidad de convertir cada peso invertido en insumos, trabajo y tecnología en un flujo de caja predecible y sostenible. El productor que observa el frijol únicamente como un cultivo de subsistencia queda expuesto a márgenes mínimos; el que lo concibe como un sistema de negocio mide costos, tiempos y riesgos con el mismo rigor con que mide la humedad del suelo o la densidad de población.

Estructura de costos y punto de equilibrio

El primer filtro de rentabilidad es la estructura de costos, que define el punto de equilibrio en toneladas por hectárea y en precio por tonelada, si el costo total directo (semilla, fertilización, inoculante, herbicidas, fungicidas, plaguicidas, riego, labores mecanizadas y mano de obra) se aproxima al valor esperado de la cosecha, el margen se vuelve extremadamente sensible a cualquier desviación climática o de mercado. En sistemas comerciales de temporal en el altiplano, los costos directos suelen oscilar entre 10,000 y 14,000 MXN/ha, mientras que en riego tecnificado del Bajío o La Laguna pueden superar 18,000–22,000 MXN/ha por el uso de fertilización intensiva y mayor mecanización, de modo que con rendimientos promedio nacionales cercanos a 0.7–0.8 t/ha, el cultivo solo es rentable cuando se alcanzan nichos de precio o se optimizan insumos.

El productor profesional desagrega estos costos en fijos y variables, aunque en agricultura muchos rubros son semifijos y dependen de la escala, la depreciación de maquinaria, el arrendamiento de tierras, los seguros y los intereses de crédito conforman el bloque fijo, que se diluye al aumentar la superficie cultivada, mientras que la semilla certificada, los fertilizantes, los agroquímicos y el combustible se comportan como variables casi proporcionales a la hectárea. La clave económica consiste en reducir el costo por unidad producida, no solo el costo por hectárea, por ello un manejo que incremente el rendimiento de 0.8 a 1.4 t/ha, incluso con un incremento moderado de costos, mejora de forma drástica la relación beneficio/costo, siempre que el mercado pueda absorber ese volumen sin desplomar el precio.

Manejo tecnológico y eficiencia física

El segundo eje de la rentabilidad es la eficiencia física de producción, que se traduce en rendimiento estable y calidad comercial, el frijol responde de manera muy marcada a la calidad de la semilla, a la nutrición balanceada y al manejo de la humedad, de modo que la brecha entre el rendimiento promedio y el potencial agronómico de 2.5–3.0 t/ha en condiciones de riego revela un amplio margen de mejora. La adopción de variedades mejoradas con resistencia a Colletotrichum lindemuthianum, Uromyces appendiculatus y virus del mosaico común reduce pérdidas y costos de fungicidas, además de mejorar el porcentaje de grano comercializable, que es el que realmente paga la inversión.

En términos económicos, la respuesta marginal al fertilizante y a la inoculación con Rhizobium es determinante, una fertilización nitrogenada excesiva en suelos con buena nodulación incrementa costos sin aumentar rendimiento, mientras que una subdosificación de fósforo en suelos ácidos limita el desarrollo radicular y la fijación biológica de N, reduciendo la productividad de forma silenciosa. Por ello, el muestreo de suelo, el cálculo de dosis con base en extracción de nutrientes y el uso de inoculantes de calidad son decisiones que modifican directamente el retorno sobre la inversión, ya que permiten ajustar el gasto de fertilizantes al punto en que el valor del rendimiento adicional todavía supera el costo del insumo.

La tecnificación del riego ilustra bien esta lógica, sistemas de riego por goteo o cintilla pueden elevar los costos iniciales por hectárea, pero mejoran la eficiencia de uso del agua y de los fertilizantes, reducen estrés hídrico en etapas críticas de floración y llenado de vaina y estabilizan el rendimiento, lo que disminuye la variabilidad interanual de ingresos, aspecto crucial cuando se trabaja con crédito, porque un flujo de caja menos errático reduce el riesgo percibido por las instituciones financieras y mejora el acceso a tasas más competitivas.

Gestión del riesgo y volatilidad de precios

La rentabilidad real del frijol no se define solo por los promedios, sino por la distribución de resultados a lo largo de varios ciclos, un proyecto puede mostrar un valor presente neto atractivo en papel y aun así ser inviable si el riesgo de pérdidas extremas es elevado. En México, los precios del frijol tienden a mostrar picos cuando la producción nacional cae por sequías o heladas y descensos cuando coinciden buenas cosechas internas con importaciones significativas, esta volatilidad castiga al productor que vende en cosecha sin estrategia comercial y favorece al que diversifica ventanas de venta, canales y, en algunos casos, mercados.

El uso de coberturas de precio, contratos a futuro o acuerdos de agricultura por contrato con la agroindustria o con grandes compradores institucionales (programas sociales, empresas de alimentos) permite asegurar un precio mínimo que protege el flujo de caja, incluso si el mercado spot se desploma. Aunque estas herramientas todavía tienen baja penetración en el frijol comparado con otros granos, su adopción gradual está cambiando la forma en que se concibe la rentabilidad, ya que el objetivo deja de ser maximizar el ingreso en un solo ciclo para pasar a estabilizar el ingreso en el tiempo, lo que permite planear inversiones en maquinaria, infraestructura de almacenamiento y mejora genética.

La gestión de riesgo climático también es económica, no solo agronómica, la contratación de seguros catastróficos o de rendimiento, la diversificación de fechas de siembra dentro del mismo ciclo para evitar que todo el cultivo enfrente la misma ventana de riesgo, y la combinación de frijol con otros cultivos de diferente sensibilidad a la sequía o al exceso de lluvia amortiguan las pérdidas en años adversos. Desde la perspectiva de retorno sobre la inversión, estas estrategias pueden reducir el rendimiento promedio esperado, pero disminuyen la probabilidad de quiebra técnica, lo que en términos de largo plazo resulta más rentable que apostar todo a un escenario optimista.

Organización, escala y valor agregado

La dimensión económica del frijol cambia de forma significativa cuando se pasa de la unidad de producción aislada a esquemas de organización colectiva, la compra consolidada de insumos reduce precios unitarios de semilla certificada, fertilizantes y agroquímicos, mientras que la venta conjunta de volúmenes mayores mejora el poder de negociación frente a intermediarios y centros de acopio. En regiones productoras de Zacatecas, Durango y Chihuahua, las organizaciones que han logrado coordinar calendarios de cosecha, estandarizar calidad y operar centros de almacenamiento obtienen diferenciales de precio de 10–20 % sobre el productor individual que se ve obligado a vender a pie de parcela.

La escala productiva influye directamente en la capacidad de diluir costos fijos y acceder a servicios especializados, un pequeño productor con 3–5 ha difícilmente justifica la compra de una sembradora de precisión o de una cosechadora moderna, pero sí puede acceder a estos servicios mediante maquila organizada o esquemas de cooperativa, lo que le permite alcanzar densidades de siembra óptimas, reducir pérdidas en cosecha y mejorar la uniformidad del grano. Estas mejoras técnicas se traducen en más kilogramos comercializables por hectárea y en una mejor clasificación en los centros de acopio, donde la mezcla de calibres o el daño mecánico penalizan el precio.

La postcosecha es otro eslabón decisivo en el retorno sobre la inversión, pérdidas de 8–12 % por mala trilla, secado deficiente o almacenamiento inadecuado son frecuentes y, sin embargo, muchas veces invisibles en la contabilidad del productor, que solo percibe “que salió menos frijol”. La inversión en infraestructura básica de secado, bodegas con control mínimo de humedad y plagas, y en sistemas de limpieza y selección, permite capturar mejor precio por calidad y reducir mermas, lo que en términos económicos equivale a incrementar el rendimiento sin tocar el manejo de campo. Además, abre la puerta al valor agregado, como el envasado en presentaciones diferenciadas, la certificación de origen o el acceso a nichos de frijol orgánico o de especialidad, donde los precios pueden duplicar o triplicar los del mercado convencional, siempre que se cumplan estándares de trazabilidad y calidad.

En conjunto, la rentabilidad del frijol se sostiene en una serie de decisiones encadenadas, desde la elección de la variedad y el diseño de la fertilización hasta la forma de negociar el precio y organizar la venta, cada decisión modifica el perfil de riesgo y el potencial de retorno, y la operación agrícola que aspira a ser competitiva asume que el frijol no es solo una planta que crece en el surco, sino un activo productivo que debe administrarse con la misma precisión con que se administra cualquier otra empresa.

Riesgos económicos

Los riesgos económicos que enfrenta un productor de fresa en México no se originan solo en su parcela, sino en una compleja red de factores climáticos, biológicos, de mercado y regulatorios que interactúan de forma a menudo impredecible, erosionando márgenes que ya operan con alta sensibilidad a los costos de insumos y a la volatilidad de precios. La fresa, por su naturaleza perecedera, su elevada demanda de mano de obra y su dependencia de insumos de alta calidad, amplifica cada una de estas vulnerabilidades, de modo que un error de cálculo o un evento externo puede traducirse en la pérdida total de la inversión de un ciclo.

La estructura de costos de la fresa en México ilustra esta fragilidad, pues el establecimiento y manejo de una hectárea puede superar con facilidad los 350,000–450,000 pesos/ha, considerando plántula certificada, acolchado plástico, fertilización intensiva, riego presurizado y mano de obra para deshierbe y cosecha, mientras que los márgenes dependen de rendimientos que, en sistemas tecnificados, suelen oscilar entre 25–40 t/ha. Cualquier perturbación que reduzca el rendimiento efectivo comercializable por debajo de cierto umbral, o que deteriore la calidad de fruta grado exportación, puede convertir un proyecto aparentemente rentable en un pasivo financiero, lo que explica por qué los riesgos externos son tan determinantes.

Riesgos climáticos y ambientales

Los riesgos climáticos se han intensificado con la variabilidad reciente de temperatura y precipitación, especialmente en zonas productoras como Michoacán, Guanajuato y Baja California, donde el cultivo se ha adaptado a ventanas específicas de clima fresco y radiación moderada. Un incremento anómalo de temperatura media durante floración y llenado de fruto, por arriba de 28–30 °C, reduce cuajado, acelera maduración y compromete firmeza, lo que disminuye la proporción de fruta de primera calidad, mientras que las olas de calor incrementan la evapotranspiración y el consumo de agua, elevando costos de riego en contextos de tarifas eléctricas crecientes.

Las lluvias fuera de temporada representan otro factor crítico, en particular en sistemas a cielo abierto, porque la combinación de alta humedad relativa y temperaturas templadas dispara la incidencia de Botrytis cinerea, Colletotrichum spp. y otros hongos que afectan directamente la vida de anaquel. Una lluvia intensa en plena cosecha puede provocar pérdidas inmediatas de 20–40 % del volumen comercializable, sumado al incremento en costos de fungicidas y mano de obra para selección de fruta dañada, de modo que el productor absorbe simultáneamente un choque de oferta y un deterioro de calidad que reduce el precio por kilogramo.

Los eventos extremos como granizadas, heladas tardías o vientos fuertes tienen un impacto aún más drástico, ya que pueden destruir la estructura aérea de la planta y lacerar frutos en cuestión de minutos, dejando al productor sin capacidad de reacción agronómica, solo con la opción de replantar o abandonar el ciclo. La ausencia de seguros agropecuarios accesibles y efectivos para cultivos de alto valor, o la insuficiencia de las indemnizaciones frente al costo real de establecimiento, incrementan la exposición financiera, de modo que el clima se convierte en un factor de ruina potencial y no solo de reducción de rendimiento.

Riesgos fitosanitarios y tecnológicos

La fresa es altamente sensible a plagas y enfermedades que no solo reducen rendimiento, sino que pueden cerrar mercados por incumplimiento de tolerancias máximas de residuos o por presencia de organismos cuarentenarios. Patógenos de suelo como Phytophthora spp., Verticillium dahliae y Fusarium spp. generan pérdidas crónicas, difíciles de revertir una vez establecido el cultivo, y si la desinfección de suelos es deficiente o los materiales vegetativos no son certificados, el riesgo de fallas generalizadas en el lote se multiplica, con consecuencias directas sobre la recuperación de la inversión inicial.

Las plagas como trips, ácaros, mosca blanca y ciertos lepidópteros no solo reducen rendimiento, también afectan la apariencia superficial del fruto, parámetro crítico en mercados de exportación que penalizan de manera severa cualquier daño cosmético. El productor se enfrenta entonces a la disyuntiva de intensificar aplicaciones de plaguicidas —incrementando costos y riesgo de residuos— o aceptar una mayor proporción de fruta de segunda y tercera, con precios sensiblemente menores, lo que estrecha el margen de rentabilidad y puede volver inviable el modelo productivo si los precios internacionales se encuentran deprimidos.

A esto se suma el riesgo tecnológico asociado a la dependencia de variedades patentadas, paquetes tecnológicos cerrados y proveedores específicos de plántula, fertilizantes especializados y agroquímicos. Si una variedad dominante presenta susceptibilidad inesperada a una nueva raza de patógeno o a una condición climática particular, el impacto se propaga rápidamente en toda la región productora, pues la homogeneidad genética reduce la resiliencia del sistema. Además, las regalías y el costo de la plántula de alta calidad elevan la inversión inicial, de modo que cualquier fallo tecnológico en el desempeño varietal compromete una fracción considerable del capital invertido.

La obsolescencia de tecnologías de riego y fertirrigación también representa un riesgo económico, porque un sistema mal diseñado o con baja uniformidad de aplicación genera zonas de estrés hídrico o nutricional, que se traducen en heterogeneidad de calibre, menor firmeza y, por ende, menor valor comercial. El productor que no actualiza su equipamiento frente a nuevos estándares de eficiencia hídrica y energética se expone a costos operativos crecientes y a una pérdida gradual de competitividad frente a unidades más tecnificadas.

Riesgos de mercado y financieros

Los riesgos de mercado son quizá los más visibles, aunque no siempre los mejor gestionados, porque el productor de fresa suele operar en un entorno de alta concentración de compradores, especialmente en cadenas de exportación hacia Estados Unidos y Canadá. Una sobreoferta estacional, derivada de la coincidencia de picos de producción entre regiones mexicanas o con otros países productores, provoca caídas abruptas de precio que pueden llevar el valor en campo por debajo del punto de equilibrio, incluso si el rendimiento por hectárea es alto, lo que evidencia que la productividad, por sí sola, no protege contra la volatilidad de precios.

La dependencia de contratos informales o poco claros con empacadoras y comercializadoras incrementa la vulnerabilidad, ya que el productor asume los costos de producción y cosecha sin garantías firmes de precio mínimo o de volúmenes de compra, mientras que el comprador tiene margen para ajustar condiciones en función de la oferta del mercado. En contextos de depreciación del peso o de cambios en la demanda externa, los ajustes de precio se trasladan con rapidez al productor, pero rara vez se comparten las ganancias extraordinarias en temporadas de escasez, lo que desequilibra la relación de riesgo-beneficio.

En el ámbito financiero, el acceso al crédito agrícola formal sigue siendo limitado para muchos productores medianos y pequeños, que recurren a financiamiento privado con tasas más altas y plazos rígidos, de modo que cualquier desviación negativa en rendimiento o precio complica el servicio de la deuda. El capital de trabajo para cubrir costos de mano de obra en cosecha, que puede representar hasta 30–40 % del costo total, suele financiarse a corto plazo, por lo que un retraso en los pagos por parte de compradores o exportadores genera tensiones de liquidez que obligan a vender fruta a intermediarios a precios inferiores, consolidando un círculo de descapitalización.

La volatilidad de los tipos de cambio también introduce riesgos, sobre todo cuando los insumos clave —fertilizantes, agroquímicos, materiales plásticos— están dolarizados, mientras que el productor vende en pesos en el mercado nacional, o bien sus contratos de exportación no capturan plenamente las variaciones del tipo de cambio. Un encarecimiento de insumos sin un ajuste proporcional en el precio de venta erosiona márgenes de forma silenciosa, hasta que la rentabilidad se vuelve marginal y cualquier choque adicional precipita pérdidas netas.

Riesgos regulatorios, laborales y logísticos

Los cambios regulatorios en materia de inocuidad, límites máximos de residuos y certificaciones de buenas prácticas agrícolas representan un riesgo económico de gran magnitud, porque el incumplimiento puede derivar en rechazos de embarques completos, sanciones o pérdida de acceso a mercados de alto valor. La adopción de estándares como GlobalG.A.P., SQF o equivalentes exige inversiones en infraestructura, capacitación y sistemas de trazabilidad, que no siempre se traducen de manera inmediata en mejores precios, pero cuya ausencia expone al productor a la exclusión comercial.

En el ámbito laboral, la fresa es intensiva en mano de obra y muy sensible a la disponibilidad y costo de trabajadores para cosecha y manejo poscosecha, por lo que aumentos en el salario mínimo, nuevas regulaciones en materia de seguridad social o cambios en la movilidad de jornaleros afectan directamente la estructura de costos. La escasez temporal de mano de obra, ya sea por migración, conflictos sociales o problemas sanitarios, puede provocar que el productor no logre cosechar a tiempo, perdiendo fruta en campo y reduciendo drásticamente el retorno de la inversión, aun cuando el cultivo haya sido manejado de forma óptima.

Los riesgos logísticos completan este panorama, ya que la fresa requiere una cadena de frío eficiente desde la cosecha hasta el consumidor final, y cualquier falla en refrigeración, transporte o manejo en centros de acopio acelera el deterioro y reduce la vida de anaquel. Bloqueos carreteros, incrementos abruptos en el costo del diésel, inseguridad en rutas o saturación de servicios de transporte refrigerado pueden provocar retrasos que se traducen en descuentos de precio, rechazos de carga o pérdida total de lotes, lo que implica que el riesgo económico se extiende más allá de la puerta de la parcela.

Finalmente, la inseguridad rural y la extorsión en algunas regiones productoras añade una capa adicional de riesgo, difícil de cuantificar pero muy real, ya que incrementa costos de protección, genera incertidumbre sobre la integridad de la cosecha y desincentiva inversiones de largo plazo en infraestructura. En conjunto, estos factores externos conforman un entorno en el que el productor de fresa debe operar con estrategias avanzadas de gestión de riesgos, diversificación comercial y planificación financiera, o de lo contrario, cada ciclo productivo se convierte en una apuesta de alto riesgo para su capital y su continuidad empresarial.

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