Condiciones clave para el cultivo de frijol

Comprender las condiciones edafoclimáticas del frijol (Phaseolus vulgaris) es decisivo porque su fisiología responde de forma no lineal a la temperatura, la humedad y la disponibilidad de nitrógeno, así, rangos de 18‑28 °C y suelos bien drenados, con textura franca y materia orgánica estable, maximizan la nodulación simbiótica con Rhizobium, mientras reducen el estrés oxidativo y la caída floral, además, la conductividad eléctrica debe mantenerse baja para evitar desequilibrios iónicos que limiten la fijación biológica de nitrógeno.
Estas variables se articulan con la densidad de siembra y la arquitectura del dosel, que regulan el microclima foliar, la intercepción de radiación fotosintéticamente activa y la dinámica de enfermedades, por ello, ajustar fechas de siembra al régimen de lluvias, seleccionar genotipos adaptados a déficit hídrico y manejar la fertilización fosfórica condiciona directamente la eficiencia del uso del agua, la estabilidad del rendimiento y la resiliencia frente a variabilidad climática creciente.
Clima
La respuesta fisiológica del frijol al clima es el eje que determina si un ciclo productivo se traduce en rendimiento o en pérdida, porque la planta de Phaseolus vulgaris L. integra temperatura, radiación, fotoperiodo y disponibilidad hídrica en un mismo lenguaje bioquímico, que se expresa en floración, cuajado y llenado de grano. Entender ese lenguaje se vuelve crucial en México, donde más del 70 % de la superficie de frijol se cultiva en condiciones de temporal y bajo una alta variabilidad climática interanual que ya no puede considerarse excepcional.
Rango térmico y estrés por temperatura
El frijol común se comporta como un cultivo de clima templado-cálido, con un rango óptimo de 18-28 °C para crecimiento vegetativo y de 20-24 °C para floración y llenado de vaina, por encima de 30 °C en el dosel durante la antesis se acelera la senescencia foliar, disminuye la viabilidad del polen y aumenta el aborto floral, lo que puede reducir el rendimiento más de 40 % en materiales sensibles. En regiones como el Bajío o el altiplano norte, donde las máximas diurnas rebasan con frecuencia los 32 °C en etapas reproductivas, el ajuste de fechas de siembra se ha convertido en una herramienta de manejo tan determinante como la fertilización.
El estrés por bajas temperaturas es menos visible, pero igual de crítico, sobre todo en siembras de riego temprano en Valles Altos y en el norte de Chihuahua y Durango, temperaturas nocturnas menores a 10 °C en emergencia y primera trifolia retrasan el desarrollo radicular, reducen la nodulación efectiva y favorecen infecciones de Rhizoctonia y Pythium, si el estrés frío coincide con el inicio de floración, la planta tiende a prolongar la fase vegetativa, desfasando el ciclo y exponiendo el cultivo a heladas tempranas de otoño. De ahí que en zonas por encima de 2,000 m s.n.m. se recomiende concentrar las siembras en ventanas térmicas muy estrechas, donde el riesgo de frío temprano y de calor tardío se reduce simultáneamente.
El calentamiento observado en las últimas décadas ha obligado a introducir materiales con mayor tolerancia térmica, particularmente líneas mejoradas de frijol negro y pinto con estabilidad de rendimiento en ambientes con máximas superiores a 32 °C, estos genotipos presentan cutículas más gruesas, mayor eficiencia de uso del agua y mecanismos de protección de membranas frente a la desnaturalización de proteínas, sin embargo, su desempeño depende de que el manejo agronómico acompañe esa genética con densidades, fechas y nutrición coherentes con el nuevo régimen térmico.
Precipitación, distribución de lluvias y déficit hídrico
Si la temperatura define el ritmo del desarrollo, la precipitación define la posibilidad misma de que el ciclo se complete, en condiciones de temporal el frijol requiere entre 350 y 500 mm bien distribuidos durante el ciclo, con énfasis en las fases de floración y llenado de grano, cuando el coeficiente de cultivo (Kc) se aproxima a 1,0 y la demanda evapotranspirativa se incrementa. No es solo la cantidad anual lo que importa, sino la secuencia de eventos de lluvia, ya que periodos secos de 10-15 días en plena floración pueden ser más dañinos que una ligera reducción del acumulado estacional.
En los principales estados productores de temporal, como Zacatecas, Durango y Chihuahua, la variabilidad intraestacional de la lluvia se ha intensificado, con veranillos más marcados y lluvias concentradas en eventos de alta intensidad, esto provoca que la planta experimente ciclos rápidos de saturación y déficit, que afectan la arquitectura radicular y la dinámica de la fijación biológica de nitrógeno, un proceso altamente sensible al estrés hídrico. La planta prioriza la supervivencia sobre la nodulación, lo que deriva en menor aporte de N atmosférico y mayor dependencia del N del suelo, generalmente limitado en sistemas de bajos insumos.
Frente a este escenario, se han extendido prácticas de captación y conservación de humedad que buscan amortiguar la irregularidad de las lluvias, el uso de labranza de conservación, residuos de cosecha como cobertura y curvas a nivel en laderas contribuye a incrementar la infiltración y reducir la escorrentía, mientras que las siembras en camas altas o melgas permiten manejar mejor los encharcamientos en eventos extremos de lluvia, que son especialmente dañinos en suelos pesados con baja aireación, donde la hipoxia radicular se traduce en caída de flores y vainas jóvenes.
En regiones de riego, como la Comarca Lagunera o el Bajío, el frijol se beneficia de láminas totales de 350-450 mm, distribuidas en 3-4 riegos estratégicos, sin embargo, la creciente competencia por el agua ha impulsado la adopción de sistemas presurizados y riego por goteo en frijol de alto valor, sobre todo en variedades para exportación, esta transición permite un control más fino del estrés hídrico moderado, que en ciertos momentos del ciclo puede incluso favorecer el llenado de grano al inducir una redistribución de fotoasimilados hacia las vainas.
Radiación, fotoperiodo y altitud
La radiación fotosintéticamente activa (RFA) condiciona la tasa de acumulación de biomasa, pero su interacción con la temperatura y el fotoperiodo define la eficiencia real con que la planta la aprovecha, el frijol común, originario de ambientes de altitud intermedia, muestra una alta plasticidad, pero muchos materiales criollos y mejorados siguen siendo fotoperiódico-sensibles, especialmente aquellos de crecimiento indeterminado y ciclo largo. En latitudes de 18-26° N, típicas de gran parte de México, pequeñas variaciones en la fecha de siembra alteran la duración de las fases vegetativa y reproductiva, modificando el balance entre estructura vegetativa y número de vainas efectivas.
En zonas de altitud media (1,400-2,000 m), donde la radiación es alta pero las temperaturas son moderadas, el frijol alcanza uno de sus mejores equilibrios fisiológicos, con buena intercepción de luz y tasas de fotosíntesis que sostienen un índice de área foliar (IAF) óptimo sin excesiva transpiración, en cambio, en zonas más bajas y cálidas, el incremento de la radiación coincide con un aumento de la demanda evaporativa, lo que obliga a la planta a cerrar estomas para evitar deshidratación, reduciendo la asimilación de carbono en los momentos de mayor oferta de luz.
La altitud también modula el riesgo de heladas tempranas o tardías, un factor que en frijol puede ser devastador en cualquier etapa del ciclo, pero especialmente en floración y llenado, en Valles Altos de Puebla, Tlaxcala y Estado de México, la planeación climática se ha sofisticado mediante el uso de pronósticos estacionales y modelos de simulación de cultivo que integran datos de radiación, temperatura y riesgo de heladas, esto permite diseñar calendarios de siembra que maximizan la probabilidad de que la fase reproductiva ocurra en ventanas climáticas favorables, reduciendo la exposición a eventos extremos.
En ambientes con radiación excesiva y alta temperatura, se ha observado que densidades ligeramente mayores, con 10-15 % más plantas por metro lineal, generan un sombreo moderado que protege el suelo, reduce su temperatura y mejora la humedad en la zona radicular, sin comprometer la aireación del dosel, esta estrategia, combinada con orientaciones de surco que optimicen la intercepción de luz, se ha convertido en una herramienta de adaptación climática de bajo costo.
Estrategias de adaptación climática en sistemas de frijol
La intensificación de la variabilidad climática ha llevado a un enfoque de manejo climático integrado, donde la genética, la agronomía y la información meteorológica convergen, los programas de mejoramiento han incorporado selección bajo estrés combinado de calor y sequía, utilizando índices como el Stress Tolerance Index (STI) y el Yield Stability Index (YSI) para identificar genotipos que mantengan rendimiento en ambientes contrastantes, estos materiales se evalúan en redes multiambientales que abarcan desde climas semiáridos del norte hasta subhúmedos del centro-sur, generando recomendaciones específicas por región.
En paralelo, se ha fortalecido el uso de pronósticos climáticos estacionales y sistemas de alerta temprana, que permiten a los productores ajustar fechas de siembra, elegir entre variedades de ciclo corto o intermedio y decidir si conviene o no invertir en fertilización completa en un año con alta probabilidad de sequía, la integración de estaciones meteorológicas automáticas y plataformas digitales ha facilitado que la información climática llegue con mayor oportunidad a los técnicos de campo, que la traducen en decisiones agronómicas concretas.
Cuando las condiciones climáticas se alejan de las consideradas óptimas, se recurre a ajustes de manejo que buscan amortiguar los efectos del estrés, en zonas con alta probabilidad de sequía terminal se priorizan variedades de ciclo corto y hábito determinado, con mayor eficiencia en el uso del agua, se reduce ligeramente la densidad de siembra para disminuir la competencia intraespecífica y se enfatiza la fertilización fosfatada y de micronutrientes como Zn y B, que mejoran el desarrollo radicular y la viabilidad del polen bajo estrés térmico. En ambientes con riesgo de exceso de lluvia, se seleccionan suelos mejor drenados, se incrementa la altura de las camas y se ajusta la rotación con gramíneas que mejoran la estructura del suelo.
Finalmente, la diversificación del sistema productivo mediante asociaciones y rotaciones con maíz, sorgo o cártamo se ha consolidado como una estrategia climáticamente inteligente, al combinar especies con diferentes arquitecturas radiculares, demandas hídricas y respuestas al estrés, se distribuye el riesgo climático y se mejora la resiliencia del agroecosistema, el frijol, con su capacidad de fijar nitrógeno y su sensibilidad climática, se convierte así en un cultivo centinela que refleja con precisión las tensiones del clima y obliga a perfeccionar continuamente las estrategias de adaptación.
Agua
El frijol común (Phaseolus vulgaris L.) responde al agua con una sensibilidad que condiciona rendimiento, calidad de grano y estabilidad del sistema productivo, especialmente en los ambientes contrastantes de México, donde el cultivo se distribuye desde zonas áridas con menos de 400 mm anuales hasta regiones templadas y subhúmedas con más de 1,000 mm. Comprender la dinámica del agua en el sistema suelo–planta–atmósfera permite diseñar estrategias que no solo sostienen el rendimiento, sino que amortiguan la variabilidad climática creciente.
Requerimientos hídricos y etapas críticas
El frijol presenta un coeficiente de cultivo (Kc) relativamente bajo comparado con otros granos básicos, pero con picos muy marcados en fases específicas. En condiciones óptimas, el requerimiento total de lámina de agua para un ciclo de temporal o riego oscila entre 350 y 500 mm, según duración del ciclo, tipo de suelo y evaporación potencial, sin embargo, la distribución temporal importa más que el volumen total.
Las etapas de emergencia–establecimiento, floración y llenado de grano concentran la mayor sensibilidad al déficit hídrico. El estrés en emergencia reduce la población efectiva de plantas, en floración provoca aborto floral y caída de vainas, y en llenado disminuye el peso de 100 semillas y la proporción de grano comercial. Ensayos recientes en Bajío y Altiplano han mostrado reducciones de rendimiento de 35–60 % cuando el potencial hídrico del suelo desciende por debajo de −60 kPa en floración, aun si el resto del ciclo se mantiene con humedad adecuada, lo que subraya la necesidad de priorizar el agua en estas fases.
En contraste, el exceso de agua en etapas tempranas genera hipoxia radicular, inhibe la nodulación y favorece enfermedades de raíz como Rhizoctonia solani y Fusarium spp., por lo que el objetivo agronómico no es saturar el perfil, sino mantener la humedad entre 60 y 80 % de la capacidad de campo durante la mayor parte del ciclo, con oscilaciones controladas que estimulen un sistema radical profundo sin inducir estrés severo.
Interacción agua–suelo–planta en condiciones mexicanas
La diversidad de texturas y profundidades de suelo en México obliga a ajustar la lámina y frecuencia de riego o la estrategia de conservación de humedad según el contexto local. En suelos francos profundos, con más de 1,2 m de perfil efectivo, el frijol puede explorar un volumen considerable de agua almacenada, lo que amortigua periodos secos de 10–15 días, mientras que en suelos arenosos o someros la reserva útil se agota en menos de una semana bajo altas demandas evaporativas.
El rango óptimo de humedad aprovechable se ubica entre 50 y 80 % de la capacidad de campo, evitando descender por debajo de 40 %, donde se observa cierre estomático, reducción de fotosíntesis y acumulación de ácido abscísico, y evitando superar 90 %, donde se restringe la difusión de oxígeno hacia las raíces. El manejo del agua, por tanto, no puede desligarse de la estructura del suelo, la materia orgánica y la conductividad hidráulica, ya que estos factores determinan la velocidad con que el perfil se seca o se encharca.
Las variedades mejoradas para condiciones de temporal en Altiplano y zonas semiáridas muestran mayor eficiencia en uso del agua (EUA), con valores de 1,8–2,2 kg de grano por m³ de agua consumida, frente a 1,2–1,5 kg/m³ en materiales tradicionales bajo el mismo régimen hídrico. Esta mayor EUA se asocia con arquitectura radical más profunda, cierre estomático moderado y mayor partición de biomasa hacia el grano, rasgos que permiten sostener rendimiento con menores láminas aplicadas o con lluvias erráticas.
En regiones con precipitación concentrada (por ejemplo, 70 % de las lluvias en 8–10 semanas), el frijol se beneficia de prácticas que incrementan la infiltración y reducen la escorrentía, como curvas a nivel, camas altas y cobertura con residuos, ya que cada milímetro de lluvia efectivamente infiltrado reduce la dependencia de riego suplementario y amplía la ventana de seguridad frente a sequías intraestacionales.
Condiciones ideales de agua bajo riego
En áreas con infraestructura de riego, el frijol alcanza su máximo potencial cuando se combinan programación precisa y métodos de aplicación eficientes. El uso de evapotranspiración de referencia (ETo) y coeficientes de cultivo ajustados por etapa fenológica permite definir láminas de riego de 40–60 mm en prefloración y hasta 70 mm en floración–llenado, aplicadas cada 7–10 días en suelos francos, acortando el intervalo en suelos ligeros y ampliándolo en suelos pesados bien estructurados.
El riego por goteo ha demostrado incrementos de rendimiento de 20–40 % respecto a surcos, con reducciones de 30–45 % en el volumen de agua aplicada, siempre que se acompañe de un diseño adecuado de emisores y manejo de presiones. La localización del bulbo húmedo en la zona de mayor densidad radical, junto con la posibilidad de fertirrigación, mejora la sincronía entre oferta de agua y demanda del cultivo, reduciendo pérdidas por percolación profunda y lixiviación de nitratos.
Sin embargo, en muchas zonas frijoleras domina todavía el riego por gravedad en surcos, donde la eficiencia de aplicación rara vez supera 45–50 %. En estos sistemas, la nivelación de parcelas con pendiente controlada, la reducción de longitud de surcos y el uso de riegos de cabeza y auxilio bien calendarizados pueden elevar la eficiencia global sin inversiones excesivas. Un enfoque práctico consiste en asegurar un riego ligero previo a la siembra o a la emergencia, uno de establecimiento, uno en inicio de floración y uno en llenado, ajustando el número total según la lluvia efectiva registrada.
La calidad del agua también condiciona el desempeño, sobre todo en regiones con salinidad creciente. El frijol es moderadamente sensible a sales, con reducciones significativas de rendimiento cuando la conductividad eléctrica del extracto de saturación del suelo supera 1,5–2,0 dS/m. En estos casos, la estrategia ideal combina láminas de riego que eviten acumulación de sales en la rizosfera, elección de portainjertos o variedades con mayor tolerancia relativa y manejo de fracciones de lavado en momentos en que el cultivo tolere mejor un ligero exceso de humedad.
Estrategias cuando las condiciones ideales no existen
En la mayor parte de las zonas productoras de frijol en México, el cultivo se establece bajo temporal o con riegos muy limitados, por lo que la prioridad técnica se desplaza hacia la conservación y uso estratégico del agua disponible. La siembra en fechas que sincronizan la floración con el periodo de mayor probabilidad de lluvia se ha convertido en una herramienta de manejo tan importante como la fertilización, ya que permite que el pico de demanda hídrica del cultivo coincida con la oferta climática, reduciendo la exposición a sequías terminales.
La labranza de conservación, con mínima remoción del suelo y retención de rastrojo, ha mostrado incrementos de 20–35 mm de agua almacenada en el perfil al inicio del ciclo en comparación con labranza convencional, lo que se traduce en rendimientos más estables en años secos. El rastrojo actúa como barrera física contra la evaporación directa y mejora la infiltración, mientras que la estructura conservada del suelo aumenta el volumen de poros meso y macroscópicos, donde se almacena el agua útil para la planta.
En regiones con alta variabilidad de lluvias, la adopción de sistemas de captación de agua de lluvia a pequeña escala, como bordos, zanjas de infiltración y terrazas individuales, ha permitido disponer de riegos de auxilio en floración o llenado mediante bombeo de baja capacidad o conducción por gravedad. Aunque el volumen disponible suele ser modesto, aplicaciones de 20–30 mm en momentos críticos pueden significar diferencias de más de 400–600 kg/ha en rendimiento, especialmente en materiales de ciclo intermedio.
Otra línea de adaptación es el uso de variedades con mayor tolerancia a sequía y plasticidad fenológica, capaces de ajustar ligeramente su duración de ciclo según las condiciones de humedad. Estos genotipos combinan raíces más profundas, mayor densidad de raíces finas en los primeros 40 cm y rasgos fisiológicos como mayor eficiencia intrínseca en uso del agua, lo que les permite mantener tasas de fotosíntesis aceptables con aperturas estomáticas moderadas, reduciendo la transpiración sin colapsar la producción de biomasa.
Cuando el agua es el factor más limitante, la estrategia productiva se desplaza hacia el manejo de densidad de siembra y arreglo espacial. Densidades menores reducen la competencia intraespecífica por agua en la fase vegetativa, permitiendo que cada planta explore un mayor volumen de suelo, mientras que arreglos en hileras más amplias facilitan la infiltración localizada y reducen el sombreo excesivo del suelo en etapas tempranas, ajustando el balance entre evaporación y transpiración.
Finalmente, en escenarios de escasez crónica se han comenzado a introducir sistemas de riego presurizado de baja presión (cintas de goteo temporales, microaspersión de baja altura) alimentados por fuentes intermitentes, como pozos someros o bordos, que se utilizan solo en fases críticas del cultivo. Aunque la inversión inicial es mayor que en el riego por surcos, la combinación de alta eficiencia de aplicación, menor volumen total requerido y posibilidad de uso compartido entre productores ha demostrado viabilidad técnica y económica en módulos piloto de frijol en el Altiplano y el norte semiárido, abriendo una ruta de intensificación hídrica inteligente en un cultivo históricamente asociado a la incertidumbre del temporal.
Suelo
Las condiciones de suelo para el frijol en México determinan con precisión el techo de rendimiento posible y el nivel de riesgo productivo, especialmente en sistemas de temporal. Más que un simple sustrato físico, el suelo se comporta como un sistema biogeoquímico donde la textura, la estructura, la dinámica del agua, la acidez y la biología edáfica interactúan con la fisiología de Phaseolus vulgaris L. y de otras especies de frijol nativas. Entender esta interacción permite diseñar manejos diferenciados por región, algo imprescindible en un país donde el cultivo se extiende desde los Regosoles arenosos del norte árido hasta los Andosoles volcánicos del centro-sur.
La textura es el primer filtro agronómico, porque condiciona la aireación, la retención de agua y la profundidad efectiva de exploración radicular. El frijol muestra un desempeño óptimo en suelos de textura franco-arenosa a franco-arcillosa, donde la macroporosidad permite una buena oxigenación de la rizosfera y la mesoporosidad sostiene la humedad útil durante la fase crítica de floración y llenado de vaina. En México, buena parte de las áreas frijoleras de temporal se ubican en suelos francos derivados de materiales ígneos o sedimentarios, sin embargo, la expansión del cultivo hacia zonas marginales ha incrementado la superficie en Arenosoles y Litosoles, donde la baja capacidad de retención de agua y la escasa profundidad efectiva reducen la estabilidad de los rendimientos.
Cuando la textura se desplaza hacia extremos, la respuesta del cultivo se vuelve más dependiente del manejo. En suelos muy arenosos, con menos de 10-12 % de arcilla, la infiltración rápida y la baja capacidad de intercambio catiónico (CIC) exigen estrategias de manejo de agua y nutrientes más intensivas, por ejemplo, riegos más frecuentes pero de menor lámina, aplicación fraccionada de nitrógeno y fosfatos de alta solubilidad, además de la incorporación sistemática de materia orgánica para incrementar la CIC y la estabilidad de agregados. En el otro extremo, suelos arcillosos pesados, con más de 45 % de arcilla, tienden a presentar problemas de anegamiento temporal, formación de costras y resistencia mecánica a la penetración radicular, por lo que se recurre a subsoleo selectivo, labranza vertical y establecimiento de camas elevadas para mejorar el drenaje superficial.
La estructura del suelo y la porosidad asociada son igual de determinantes que la textura, porque la nodulación y la fijación biológica de nitrógeno por Rhizobium requieren una rizosfera bien aireada. El frijol es particularmente sensible a periodos cortos de saturación, que reducen la actividad de las raíces finas y provocan aborto floral y caída de vainas en etapas reproductivas tempranas. Por ello, en suelos con tendencia al encharcamiento, la instalación de drenaje superficial mediante surcos bien definidos, camellones o camas altas se ha vuelto una práctica de bajo costo pero alto impacto, sobre todo en regiones con lluvias concentradas en cortos periodos. En zonas de riego, la nivelación de precisión con láser ha permitido reducir láminas excesivas, disminuir la compactación inducida por maquinaria y mantener una estructura más estable.
La profundidad efectiva del suelo, entendida como la zona sin limitantes físicas ni químicas para el crecimiento radicular, condiciona el volumen de exploración y, con ello, la resiliencia del cultivo ante sequías intraestacionales. En regiones del Bajío y Valles Altos, donde predominan Vertisoles y Feozems profundos, el frijol puede explorar más de 80-100 cm, siempre que no existan capas compactadas, sin embargo, en Litosoles someros y suelos con horizontes petrocálcicos o fragipanes a 30-40 cm, la planta depende casi por completo de la humedad de las capas superficiales, lo que incrementa la variabilidad interanual del rendimiento. Frente a estas limitaciones, se ha intensificado el uso de raíces pivotantes mejoradas vía selección de variedades con mayor longitud radicular y densidad de raíces finas, complementado con subsoleo localizado y rotaciones con gramíneas de raíz profunda que rompen capas densas.
El pH del suelo define la disponibilidad de nutrientes clave y la eficiencia de la simbiosis con rizobios específicos. El frijol común se adapta mejor a pH entre 6.0 y 7.5, donde el fósforo, el molibdeno y el zinc mantienen una disponibilidad adecuada y el aluminio intercambiable es bajo. En México, una proporción considerable de las áreas frijoleras de temporal se ubica en suelos ligeramente ácidos a neutros, pero en regiones tropicales húmedas y en Andosoles volcánicos el pH puede descender por debajo de 5.5, generando toxicidad por Al y Mn y fijación intensa de fósforo. En estos casos, se ha extendido el uso de encalado con carbonato de calcio o dolomita, aplicado de manera estratégica en franjas de siembra o en bandas localizadas, lo que reduce costos y acelera la corrección de la acidez en la zona de raíces activas.
En el otro extremo, suelos con pH por encima de 7.8, frecuentes en zonas áridas y semiáridas del norte con presencia de caliza libre y sales, restringen la disponibilidad de hierro, zinc y fósforo, además de favorecer la formación de costras superficiales. Aquí, más que acidificar el perfil, se ha optado por estrategias de fertilización localizada con fosfatos de alta solubilidad, aplicación foliar de micronutrientes quelatados y uso de compostas y ácidos húmicos que mejoran la agregación y amortiguan los cambios de pH en la rizosfera. Paralelamente, los programas recientes de mejoramiento genético han incorporado la tolerancia a suelos calcáreos como criterio de selección, lo que ha permitido estabilizar rendimientos en áreas con pH elevados sin depender exclusivamente de insumos correctivos.
Materia orgánica, fertilidad y microbioma del suelo
La materia orgánica del suelo (MOS) actúa como eje integrador de la fertilidad física, química y biológica. En la mayoría de las zonas frijoleras de temporal, los contenidos de MOS se ubican entre 1 y 2,5 %, con valores menores a 1 % en suelos arenosos del norte y mayores a 3 % en Andosoles de altura. Niveles por debajo de 1,5 % se asocian con baja agregación, menor capacidad de retención de agua y una actividad microbiana limitada, lo que restringe la mineralización de nitrógeno y la disponibilidad de fósforo. Para enfrentar esta situación, se ha intensificado el uso de abonos verdes (particularmente Vicia sativa, Canavalia ensiformis y mezclas con gramíneas), el reciclaje de residuos de cosecha y la incorporación de estiércoles semicompostados, con incrementos medibles en MOS de 0,1-0,2 puntos porcentuales por ciclo bajo manejos consistentes.
La dinámica de nitrógeno en el suelo adquiere un matiz particular por la capacidad del frijol de fijar N atmosférico, aunque esta fijación rara vez cubre el 100 % de los requerimientos en sistemas de alta productividad. Suelos con bajo contenido de MOS y baja CIC presentan pérdidas importantes por lixiviación y volatilización, por lo que se ha promovido la inoculación con cepas de Rhizobium etli y otras especies nativas altamente eficientes, combinada con dosis moderadas de N mineral (15-30 kg/ha) en la siembra, suficientes para sostener el crecimiento inicial sin inhibir la nodulación. En suelos degradados, la inoculación se acompaña de biofertilizantes multifuncionales que incluyen solubilizadores de fósforo y promotores de crecimiento, buscando reconstruir un microbioma edáfico más diverso y funcional.
El fósforo constituye otro punto crítico, especialmente en Andosoles y suelos muy meteorizados donde se fija en formas poco disponibles. En estos casos, la aplicación de fosfatos solubles en banda, a 5 cm por debajo y a un lado de la semilla, ha mostrado una mayor eficiencia que la aplicación al voleo, reduciendo las dosis requeridas para alcanzar rendimientos cercanos al potencial. Además, se ha incrementado el uso de fosfatos naturales parcialmente acidulados y de microorganismos solubilizadores de P, que, aunque no sustituyen completamente a los fertilizantes minerales, mejoran la fracción disponible y contribuyen a una mayor sostenibilidad del sistema. La combinación de estas prácticas con análisis de suelo sistemáticos permite ajustar las dosis y evitar tanto deficiencias como acumulaciones innecesarias.
Manejo del agua, salinidad y estrategias en suelos marginales
La relación entre agua del suelo y frijol es especialmente sensible en México, donde más del 80 % de la superficie se cultiva en temporal y la distribución de lluvias es irregular. Suelos con buena estructura y contenido moderado de MOS pueden almacenar entre 120 y 180 mm de agua útil en el primer metro de profundidad, mientras que suelos someros o arenosos apenas alcanzan 60-80 mm, lo que limita severamente la duración de periodos sin lluvia que el cultivo puede soportar. Frente a esta realidad, se han difundido prácticas como la siembra en conservación, con mínima labranza y cobertura de residuos, que reducen la evaporación directa y mejoran la infiltración, además de la construcción de bordos y terrazas de infiltración que permiten capturar escurrimientos y recargar el perfil.
La salinidad y la sodicidad representan otra frontera agronómica, sobre todo en distritos de riego del norte y noroeste donde la calidad del agua es variable y el drenaje interno es limitado. El frijol muestra sensibilidad a conductividades eléctricas del extracto de saturación por encima de 1,5-2,0 dS/m, con reducciones de rendimiento significativas a partir de 3,0 dS/m, por lo que en suelos salinos se ha optado por rotaciones con cultivos más tolerantes, lavado de sales mediante riegos de lixiviación y aplicación de yeso agrícola en suelos sódicos para desplazar sodio del complejo de intercambio. En estas condiciones, el frijol se maneja como cultivo de oportunidad en años con mejor calidad de agua o después de campañas de recuperación del suelo, más que como cultivo permanente.
En suelos considerados marginales para frijol, ya sea por baja profundidad, alta pedregosidad, pendiente pronunciada o limitaciones químicas severas, la estrategia dominante ha sido la intensificación de prácticas de manejo adaptadas, más que la sustitución del cultivo. Esto incluye la adopción de sistemas agroforestales con frijol asociado a árboles o arbustos que mejoran la estructura del suelo y aportan hojarasca, la siembra en curvas a nivel para reducir erosión, y el uso de variedades de ciclo más corto y arquitectura compacta que escapan a periodos críticos de estrés hídrico. En paralelo, se ha avanzado en la zonificación agroecológica apoyada en sensores remotos y mapas digitales de suelo, lo que permite orientar el cultivo hacia las unidades con mayor aptitud y diseñar intervenciones específicas donde las condiciones edáficas son más restrictivas.
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