Manejo agronómico del cultivo de frijol

Dominar el manejo agronómico del frijol implica entender la interacción entre genotipo, ambiente y manejo, donde la elección de variedades adaptadas a fotoperiodo, temperatura y régimen hídrico determina el potencial productivo y la estabilidad interanual, además, la preparación del suelo debe optimizar la arquitectura radicular y la aireación, minimizando la compactación que limita la fijación biológica de nitrógeno mediante Rhizobium. Así, una fertilización fosfatada estratégica, acompañada de inoculación específica, reduce la dependencia de insumos sintéticos y mejora la eficiencia del uso de nutrientes.
Este enfoque exige ajustar densidad y arreglo espacial para maximizar la intercepción de radiación y controlar la competencia por agua, integrando un manejo integrado de malezas que combine preemergentes selectivos y coberturas vegetales, evitando interferencias críticas en estadios V2 a R6, de forma complementaria, la vigilancia fitosanitaria basada en umbrales económicos permite decisiones racionales frente a patógenos como Xanthomonas axonopodis pv. phaseoli y Colletotrichum lindemuthianum, mientras que el riego deficitario controlado, apoyado en sensores de humedad, mejora la eficiencia hídrica y la calidad fisiológica de la semilla.
Material vegetal y establecimiento del cultivo
La elección del material vegetal de frijol no es un acto rutinario de compra, sino una decisión estratégica que define el techo productivo, la estabilidad del rendimiento y la rentabilidad del sistema. En un cultivo donde el promedio nacional rara vez supera 0.8 t/ha en temporal, frente a potenciales experimentales de 2.5–3.0 t/ha, la brecha se explica menos por la genética disponible y más por la falta de alineación entre variedad, ambiente y manejo. El punto de partida es reconocer que el frijol en México es un cultivo de altísima estratificación agroecológica, por lo que la variedad correcta en el lugar equivocado se vuelve un factor limitante tan severo como la falta de fertilización.
Criterios avanzados para la elección de la variedad
El primer filtro es la adaptación climática, que debe cruzar altitud, temperatura media y distribución de lluvias, no solo la precipitación total. Variedades de ciclo precoz (75–85 días a cosecha fisiológica) como muchas del tipo negro para el trópico seco, requieren ventanas de humedad cortas y suelos con buena capacidad de retención, mientras que materiales de ciclo intermedio (90–100 días) del tipo pinto o bayo se ajustan mejor a altiplano templado con lluvias más prolongadas. El desajuste entre ciclo y duración efectiva de humedad útil en el suelo genera estrés terminal, aborto floral y llenado incompleto de vaina, reduciendo drásticamente el índice de cosecha.
A este criterio se superpone la arquitectura de planta, que determina no solo la eficiencia en la captura de radiación, sino también la compatibilidad con el sistema de producción. En siembras mecanizadas de mediana y alta escala, las variedades de hábito de crecimiento determinado y porte semierecto facilitan la uniformidad de madurez y la cosecha mecánica, reducen pérdidas por desgrane y minimizan el acame. En sistemas de pequeña escala o policultivo, los materiales de hábito indeterminado ofrecen plasticidad frente a variaciones climáticas, mayor capacidad de rebrote y aprovechamiento de nichos de luz en arreglos espaciales complejos, aunque exigen un manejo más fino de densidad y tutoreo ocasional.
La resistencia genética a enfermedades es un criterio decisivo en ambientes con alta presión de inóculo, especialmente en regiones con presencia recurrente de roya (Uromyces appendiculatus), antracnosis (Colletotrichum lindemuthianum) y el complejo de tizones bacterianos (Xanthomonas y Pseudomonas spp.). La selección de variedades con resistencia vertical específica combinada con resistencia horizontal parcial permite reducir la dependencia de fungicidas y estabilizar el rendimiento interanual. En zonas con historial de virus del mosaico común y mosaico dorado, el uso de materiales con resistencia múltiple y tolerancia al estrés térmico resulta clave para sostener la productividad bajo escenarios de mayor variabilidad climática.
Un criterio frecuentemente subestimado es la eficiencia en uso de recursos, en particular agua y nitrógeno. Variedades con raíces más profundas y alta densidad de nódulos efectivos con rizobios nativos o inoculados muestran mejor desempeño en suelos marginales, donde la disponibilidad de insumos es limitada. La selección de genotipos con mayor eficiencia en uso del agua (EUA) y eficiencia en uso del nitrógeno (EUN), documentada en ensayos multilocales recientes, permite sostener rendimientos aceptables con láminas de riego reducidas o en temporales erráticos, lo que se vuelve crucial ante la disminución de la recarga hídrica en varias cuencas productoras.
El mercado impone su propia lógica, de modo que la elección varietal debe integrar las preferencias comerciales y de consumo. El color y brillo del grano, el tamaño, el tiempo de cocción, la integridad de la testa y la capacidad de mantener textura después del cocimiento definen el valor de mercado tanto en granel como en nichos de alto valor. Variedades con excelente desempeño agronómico pero pobre aceptación comercial terminan desplazadas, por lo que los programas de mejoramiento han avanzado hacia materiales que combinan calidad culinaria, estabilidad de color en almacenamiento y alto contenido de proteína y hierro, alineándose también con objetivos de nutrición pública.
Calidad de la semilla y preparación para la siembra
Elegida la variedad, el siguiente eslabón crítico es la calidad fisiológica y sanitaria de la semilla, que condiciona el establecimiento del cultivo. Una semilla con poder germinativo inferior a 85 % o con vigor reducido compromete la emergencia uniforme, aumenta la variabilidad intra-parcela y dificulta el ajuste de densidad objetivo. La semilla certificada, producida bajo esquemas de aislamiento y control fitosanitario, reduce la transmisión de patógenos como antracnosis y bacteriosis, que se diseminan con facilidad en condiciones de alta humedad relativa durante la emergencia y primeras etapas vegetativas.
El tratamiento previo de la semilla con fungicidas de contacto y sistémicos de amplio espectro, combinado con inoculantes de rizobios específicos (Rhizobium etli y complejos afines), se ha consolidado como una práctica de alto retorno. El recubrimiento con polímeros compatibles protege tanto al ingrediente activo como a los microorganismos benéficos, mejora la distribución del inoculante y reduce el daño mecánico durante la siembra. En suelos con historial de baja nodulación, el uso de cepas seleccionadas incrementa la fijación biológica de nitrógeno, disminuye la necesidad de fertilización nitrogenada y mejora el contenido proteico del grano.
La pureza varietal y la uniformidad de tamaño de semilla permiten un flujo estable en sembradoras neumáticas o mecánicas, reduciendo dobles y fallas. Lotes con mezcla de calibres generan variación en la profundidad real de siembra y en el tiempo de emergencia, lo que se traduce en competencia intraespecífica desbalanceada y menor eficiencia en el uso de luz y nutrientes. Ajustar la calibración de la sembradora según el peso de mil semillas (PMS) de cada lote es una práctica sencilla que mejora de forma consistente la distribución espacial del cultivo.
Establecimiento del cultivo: densidad, arreglo espacial y profundidad
El establecimiento exitoso del frijol se construye sobre tres decisiones interrelacionadas: densidad de población, arreglo espacial y momento de siembra. La densidad óptima no es un valor fijo, sino la intersección entre potencial genético, disponibilidad de agua, fertilidad del suelo y sistema de manejo. Para variedades de porte determinado en riego, densidades de 200,000–250,000 plantas/ha suelen maximizar el rendimiento, mientras que en temporal, donde el agua es el factor limitante, densidades de 120,000–180,000 plantas/ha permiten un mejor balance entre competencia y exploración radicular, reduciendo el riesgo de estrés hídrico severo en floración y llenado.
El arreglo espacial define el patrón de intercepción de radiación y el microclima dentro del dosel. En sistemas mecanizados, distancias entre surcos de 0.70–0.80 m con 8–12 semillas/m lineal son frecuentes, aunque se ha documentado que configuraciones más intensivas, como 0.50–0.60 m entre surcos con menor número de plantas por metro, generan un cierre más rápido del dosel, reducen la evaporación directa del suelo y limitan el crecimiento de malezas. En policultivos o sistemas de milpa, el frijol se integra como componente complementario, aprovechando la estructura del maíz o del sorgo, pero la densidad total de leguminosa debe ajustarse para evitar una competencia excesiva por luz y nitrógeno en etapas tempranas.
La profundidad de siembra se define por el balance entre humedad disponible en el estrato superior y la capacidad de emergencia de la variedad. En suelos de textura media, profundidades de 3–5 cm son generalmente adecuadas, mientras que en suelos más ligeros y con mayor riesgo de desecación rápida puede ser necesario llegar a 6 cm, siempre que la semilla conserve suficiente vigor para emerger con fuerza. Siembras demasiado superficiales exponen la semilla a fluctuaciones térmicas y depredación, mientras que profundidades excesivas retrasan la emergencia y aumentan la incidencia de patógenos de suelo, sobre todo en condiciones de baja temperatura.
El momento de siembra se sincroniza con la probabilidad de lluvias efectivas o la disponibilidad de riego, pero también con la dinámica de plagas y enfermedades. Adelantar la siembra para que la floración ocurra en periodos de menor estrés térmico y menor presión de patógenos foliares se traduce en mayor cuajado de vainas y mejor llenado de grano. En regiones con heladas tempranas, la ventana de siembra se estrecha, de modo que la elección de variedades de ciclo más corto y la precisión en la fecha de establecimiento se vuelven determinantes para evitar pérdidas por daño frío en madurez fisiológica.
Interacción suelo–ambiente–variedad en la fase inicial
El establecimiento no se limita al acto de sembrar, sino a la construcción de un ambiente edáfico y microclimático que favorezca la germinación rápida y uniforme. La preparación del suelo debe orientarse a generar una cama de siembra con buena estructura, porosidad y contacto semilla-suelo, evitando el exceso de pulverización que favorece la formación de costras, especialmente en suelos con alto contenido de limo. La compactación en el horizonte superficial reduce la emergencia y limita el desarrollo radicular inicial, lo que disminuye la capacidad del cultivo para explorar agua y nutrientes en etapas críticas.
La temperatura del suelo al momento de la siembra es un factor frecuentemente ignorado, aunque el frijol presenta una germinación óptima en rangos de 18–25 °C. Siembras en suelos fríos retrasan la emergencia, prolongan la exposición de la semilla a patógenos y reducen el vigor de plántula. En contraste, suelos excesivamente calientes y secos pueden desecar la semilla antes de completar la imbibición, generando fallas de población. Integrar mediciones simples de temperatura y humedad del suelo a 5–10 cm de profundidad mejora de manera tangible la toma de decisiones sobre la fecha de establecimiento.
La interacción entre material vegetal, calidad de semilla y condiciones iniciales del suelo define la trayectoria productiva del cultivo desde los primeros días. Una población bien establecida, con plantas uniformes, sanas y vigorosas, maximiza la captura de recursos y responde mejor a las prácticas de manejo subsecuentes, desde la fertilización hasta el control de malezas y plagas. En cambio, un establecimiento deficiente obliga a ajustes correctivos costosos y rara vez permite alcanzar el potencial genético de la variedad elegida, por más avanzado que sea su perfil de mejoramiento.
Claves del desarrollo vegetativo
El desarrollo vegetativo del frijol define el potencial de rendimiento mucho antes de que aparezcan las primeras flores, porque en esa fase se construye el andamiaje fisiológico que sostendrá la carga reproductiva. La arquitectura del dosel, la profundidad del sistema radical, la eficiencia fotosintética y la capacidad de fijar nitrógeno dependen de decisiones de riego, nutrición y labores culturales tomadas en pocas semanas, con márgenes de error reducidos cuando se busca estabilidad productiva en ambientes cada vez más variables.
Manejo del riego en la fase vegetativa
En frijol de riego, el periodo desde emergencia hasta inicio de floración demanda un manejo hídrico que favorezca la exploración radical sin inducir estrés severo, por ello el objetivo no es saturar el perfil sino mantener la humedad del suelo entre 60 y 80 % de la capacidad de campo en los primeros 40-60 cm, donde se concentra la mayor parte de las raíces funcionales. En suelos francos, esto suele equivaler a láminas de 30-40 mm cada 6-8 días en climas templados, acortándose el intervalo a 4-5 días en zonas cálidas y ventosas con evapotranspiración mayor a 5.0 mm/día.
El frijol es sensible tanto al déficit como al exceso de agua, por lo que la estrategia de riego debe evitar oscilaciones amplias, cuando el potencial hídrico del suelo desciende por debajo de -60 kPa en suelos francos (medido con tensiómetros), se observa reducción en la expansión foliar y en la tasa de fijación de nitrógeno, mientras que valores cercanos a 0 kPa indican saturación y riesgo de hipoxia radical, con pérdida de nódulos activos. El uso de sensores capacitivos o FDR, aun en esquemas de riego por gravedad, permite ajustar la frecuencia según textura, contenido de materia orgánica y profundidad efectiva del suelo, lo que resulta más confiable que regirse únicamente por calendarios fijos.
Durante la etapa V2-V4 (2 a 4 trifolios expandidos) conviene aplicar riegos relativamente ligeros, que humedezcan hasta 40 cm y promuevan el crecimiento descendente de raíces, evitando láminas excesivas que favorezcan raíces superficiales y predisposición al acame. A partir de V4-V6, cuando el índice de área foliar se incrementa y la demanda transpirativa aumenta, se justifica profundizar la lámina hasta 60 cm, siempre que la estructura del suelo lo permita, con ello se amortiguan olas de calor y se reduce el impacto de vientos secos frecuentes en altiplanos y valles irrigados.
En sistemas de riego presurizado, el goteo ofrece ventajas claras en esta fase: permite mantener un bulbo húmedo estable sin saturar el espacio poroso, reduce la formación de costras superficiales y mejora la aireación, lo que se traduce en mayor densidad y actividad de nódulos en la zona de goteo. Sin embargo, la uniformidad hidráulica debe superar 85 % para evitar parches de estrés hídrico que generen plantas dominantes y subordinadas, con consecuencias en desuniformidad de floración y madurez. El riego por aspersión, bien manejado, facilita además la incorporación homogénea de fertilizantes solubles, pero requiere cuidar el tamaño de gota y la velocidad del viento para no dañar hojas jóvenes ni favorecer enfermedades foliares en canopia densa.
Nutrición y fertilización durante el crecimiento vegetativo
La nutrición del frijol en desarrollo vegetativo se sostiene en tres pilares: una oferta adecuada de fósforo para el sistema radical y los nódulos, un suministro moderado pero oportuno de nitrógeno que no inhiba la nodulación y una provisión balanceada de potasio y micronutrientes que sostengan la eficiencia fotosintética. En suelos mexicanos de temporal y riego, el fósforo disponible suele ser el principal factor limitante, sobre todo en Andosoles y Vertisoles con fijación elevada, por lo que la fertilización fosfatada localizada al momento de la siembra, a 5 cm lateral y 5 cm por debajo de la semilla, resulta crítica para asegurar concentraciones adecuadas en la rizosfera temprana.
Las dosis recomendadas de P2O5 en la etapa vegetativa se ajustan al análisis de suelo, pero en rangos de 40-80 kg/ha se observan respuestas consistentes en suelos con menos de 10 ppm de P-Bray, siempre que la fuente sea de alta solubilidad, como fosfato monoamónico (MAP) o fosfato diamónico (DAP), en sistemas de fertirriego, el fraccionamiento en 2-3 aplicaciones entre emergencia y V6 mejora la eficiencia, reduciendo fijación y pérdidas por escurrimiento. El fósforo es también determinante en la formación y funcionamiento de los nódulos de Rhizobium, por lo que deficiencias tempranas se traducen en menor fijación biológica de nitrógeno durante toda la campaña, incluso si después se corrige la fertilización.
El manejo del nitrógeno exige precisión, porque el frijol responde a pequeñas dosis iniciales, pero un exceso temprano reduce la simbiosis rizobiana, incrementa el crecimiento vegetativo en detrimento del reproductivo y favorece enfermedades foliares. En lotes con historial de buena nodulación y presencia de cepas eficientes, una dosis de arranque de 15-25 kg N/ha, aplicada en banda al momento de la siembra, suele ser suficiente para sostener el crecimiento hasta que la fijación se activa, en suelos con baja población de Rhizobium específico o tras largos periodos sin leguminosas, el uso de inoculantes con cepas seleccionadas de Rhizobium etli o R. phaseoli incrementa la fijación de N y permite reducir la fertilización nitrogenada total, siempre que se evite aplicar más de 30-40 kg N/ha en etapas tempranas.
El potasio participa en la regulación estomática, la translocación de fotosintatos y la tolerancia al estrés hídrico, funciones clave durante el desarrollo vegetativo, en suelos con menos de 150 ppm de K intercambiable, la aplicación de 40-60 kg K2O/ha, preferentemente como cloruro de potasio incorporado o aplicado en banda, mejora la tasa de crecimiento relativo y la resiliencia frente a periodos cortos de déficit de agua, en fertirriego, el uso de nitrato de potasio aporta simultáneamente N y K en forma altamente disponible, pero conviene ajustar la relación N:K para no sobreestimular el crecimiento foliar a expensas de raíces.
La nutrición con micronutrientes suele pasar desapercibida, aunque deficiencias leves de zinc, hierro y molibdeno durante la fase vegetativa reducen la eficiencia fotosintética y la actividad de la nitrogenasa. El molibdeno es especialmente relevante, ya que forma parte de la enzima responsable de la fijación de N2, por ello, en suelos ácidos o con bajos contenidos disponibles, una aplicación foliar temprana de 20-40 g Mo/ha, combinada con Zn y B, mejora la nodulación y el vigor del cultivo, las aplicaciones foliares deben realizarse en estadios V3-V5, con buena cobertura y evitando mezclas con productos de alta salinidad que puedan causar fitotoxicidad en hojas jóvenes.
Labores culturales y construcción del dosel
Las labores culturales durante el desarrollo vegetativo determinan la eficiencia con que el cultivo intercepta la radiación, controla la competencia con malezas y mantiene un ambiente sanitario favorable. La densidad y distribución de plantas, definidas desde la siembra, se afinan en esta etapa mediante resiembras puntuales o aclareos, buscando un índice de área foliar que alcance valores cercanos a 3.0-3.5 antes del inicio de floración, lo que maximiza la captura de luz sin generar sombreamiento excesivo en la base del tallo, donde se concentran nódulos y raíces finas.
El manejo de malezas es crítico hasta el cierre del dosel, ya que la competencia en las primeras 4-6 semanas reduce la altura, el número de nudos productivos y la biomasa radical, con pérdidas de rendimiento que pueden superar 40 % si no se interviene a tiempo. La combinación de control mecánico temprano, con cultivadoras entre hileras en V2-V3, y el uso estratégico de herbicidas preemergentes y postemergentes selectivos, resulta más efectiva que depender de una sola táctica, en siembras en surcos estrechos, la rapidez de cierre del dosel ayuda a suprimir malezas de ciclo tardío, pero exige un control muy eficiente en la ventana inicial, porque las operaciones mecánicas son más limitadas.
La aireación del dosel y la gestión de la humedad superficial del suelo influyen en la incidencia de enfermedades foliares y de cuello, por eso el manejo de riego y las labores de escarda deben coordinarse, evitando saturaciones prolongadas y compactaciones que dificulten el drenaje. El uso de implementos que rompan costras sin dañar raíces superficiales, como rastras ligeras o escardas de precisión, favorece la infiltración y reduce encharcamientos localizados, además, al mejorar la oxigenación de la rizosfera, se potencia la actividad de nódulos y microorganismos benéficos asociados.
En variedades de hábito indeterminado o semideterminado, la gestión del porte de la planta durante el crecimiento vegetativo tiene implicaciones directas en el riesgo de acame y en la distribución de vainas, densidades excesivas, combinadas con alta fertilización nitrogenada y riegos frecuentes, inducen tallos delgados y entrenudos largos, más susceptibles al volteo bajo vientos fuertes o lluvias intensas, ajustar la densidad a la arquitectura de cada cultivar, mantener un balance nutricional que favorezca raíces robustas y evitar riegos pesados inmediatamente antes de eventos de viento pronosticados son decisiones que reducen pérdidas por acame y facilitan las labores posteriores de protección y cosecha.
La sanidad del cultivo en esta fase se apoya tanto en prácticas preventivas como en monitoreo intensivo, la ventilación del dosel, el manejo de residuos de cosecha anterior y la rotación con gramíneas reducen la presión de patógenos de suelo y follaje, mientras que el seguimiento sistemático de síntomas iniciales permite intervenir con fungicidas o biocontroladores en momentos de baja incidencia, con mejor relación costo-beneficio. La integración de sensores remotos, ya sea mediante drones o imágenes satelitales de alta resolución, empieza a ser una herramienta útil para detectar variabilidad en vigor vegetativo y estrés hídrico o nutricional, permitiendo ajustes de riego, fertilización y control de plagas de manera localizada.
En conjunto, el manejo fino del riego, la nutrición y las labores culturales durante el desarrollo vegetativo del frijol no solo construye biomasa, sino que configura la resiliencia fisiológica del cultivo frente a los inevitables episodios de estrés que aparecerán en etapas reproductivas, por eso, cada decisión agronómica en estas semanas iniciales debe leerse como una inversión en la estabilidad del rendimiento, más que como una simple operación aislada en el calendario de labores.
Claves del desarrollo reproductivo
El desarrollo reproductivo del frijol concentra la mayor parte del riesgo agronómico y del potencial de rendimiento, porque en pocas semanas se decide cuántas flores se convierten en vainas y cuántas vainas llegan a grano comercial. La fisiología del cultivo en esta fase es extremadamente sensible a variaciones en agua, nutrición mineral y microclima del dosel, de modo que el manejo fino del riego, la fertilización y las labores culturales se vuelve determinante para sostener el cuajado y el llenado de grano.
Manejo del riego en floración y llenado de vaina
En frijol de grano, los estados R5-R8 (inicio de floración a llenado de semilla) representan el tramo de mayor demanda hídrica, con consumos de 3.5-5.0 mm/día en materiales de hábito indeterminado bajo condiciones óptimas, sin embargo, el punto crítico no es el volumen total de agua, sino la estabilidad del potencial hídrico en el perfil durante la floración y el cuajado. Déficits breves en R5-R6 pueden provocar abortos florales superiores al 60 %, incluso si el riego se restablece después, porque el cultivo prioriza la supervivencia vegetativa sobre la inversión reproductiva.
Por ello, la estrategia más eficiente consiste en mantener la lámina fácilmente aprovechable por encima del 50-55 % en el primer metro de suelo, ajustando la frecuencia de riego a la textura y profundidad efectiva de raíces, en suelos francos profundos, riegos cada 6-8 días con láminas de 30-40 mm suelen sostener el balance, mientras que en suelos francos arenosos se requieren intervalos de 4-5 días con láminas menores, para reducir el riesgo de estrés hídrico intermitente. El uso de tensiómetros o sensores capacitivos a 20-40 cm permite anticipar el riego antes de que el potencial hídrico caiga por debajo de -40 kPa, umbral a partir del cual se incrementa la abscisión de flores y vainas jóvenes.
El método de riego condiciona de forma directa el microclima del dosel y la incidencia de enfermedades, en riego por gravedad, las láminas excesivas durante la floración elevan la humedad relativa en el estrato inferior y favorecen Sclerotinia sclerotiorum y complejos de tizones foliares, por lo que conviene aplicar láminas ajustadas a la infiltración real, evitando encharcamientos y periodos prolongados de anoxia en la zona radicular. En riego por aspersión, la recomendación es concentrar los eventos en las primeras horas del día, con intensidades menores a la tasa de infiltración, reduciendo el tiempo de humectación foliar nocturna que dispara infecciones de Colletotrichum lindemuthianum y Xanthomonas.
El riego por goteo, cada vez más frecuente en sistemas tecnificados de frijol en el Bajío y el norte de México, permite un control más preciso del déficit hídrico controlado, ajustando el caudal para sostener un ligero estrés moderado (potenciales de -30 a -50 kPa) en la fase de llenado final, lo que puede mejorar la concentración de sólidos y la uniformidad de madurez sin penalizar el rendimiento, siempre que el estrés se introduzca después de que el número de vainas por planta se haya estabilizado.
Nutrición y fertilización durante el periodo reproductivo
El frijol, aun cuando se establece con una inoculación eficaz de rizobios, incrementa de manera marcada la demanda de nitrógeno (N) a partir de la floración, no solo por la síntesis de proteínas de reserva en el grano, sino por el recambio de hojas y el mantenimiento de la maquinaria fotosintética. En suelos con buena fertilidad de base, la fijación simbiótica puede aportar 60-90 kg N/ha, pero en sistemas intensivos con rendimientos objetivo superiores a 2.0 t/ha, esta contribución resulta insuficiente sin un soporte mineral estratégico. La clave está en evitar picos de N nítrico en suelo que estimulen un crecimiento vegetativo excesivo y retrasen la madurez, lo que se logra con dosis moderadas (20-30 kg N/ha) en cobertera temprana (V4-V5) y, cuando se justifique, pequeñas aplicaciones complementarias (10-15 kg N/ha) vía fertirriego al inicio de floración, privilegiando formas amoniacales o amida en mezclas balanceadas.
El fósforo (P), frecuentemente subestimado en esta etapa, es esencial para sostener la tasa de fijación de N y el transporte de fotoasimilados hacia las vainas, deficiencias leves de P durante R5-R7 reducen el número de semillas por vaina y aceleran la senescencia foliar, aun cuando el N sea suficiente. En suelos con P Olsen bajo, la respuesta más consistente se obtiene con aplicaciones de fondo bien incorporadas, sin embargo, en riego presurizado, fracciones de 8-12 kg P2O5/ha vía fertirriego durante floración pueden corregir deficiencias funcionales, siempre que el pH del agua y del bulbo húmedo se mantenga en rangos que no precipiten el fosfato.
El potasio (K) adquiere un papel central en la regulación osmótica y el llenado de grano, cultivares modernos de Phaseolus vulgaris muestran extracciones de 45-60 kg K2O/t de grano, lo que implica que, en suelos con niveles intercambiables medios-bajos, la falta de K disponible durante el llenado se traduce en granos pequeños, mayor proporción de vainas vanas y susceptibilidad al estrés térmico. La combinación de una fertilización de base adecuada con aplicaciones foliares de 3-4 kg K2O/ha en forma de nitrato o fosfito de K, fraccionadas entre inicio de floración y llenado temprano, ha mostrado mejoras consistentes en peso de 100 semillas y uniformidad de madurez.
Los micronutrientes se vuelven limitantes con más frecuencia en sistemas de alto rendimiento, el boro (B) está directamente involucrado en la viabilidad del polen y el crecimiento del tubo polínico, deficiencias subclínicas pueden reducir el cuajado sin síntomas foliares evidentes, por lo que en suelos arenosos o con pH elevado resulta prudente aplicar 200-300 g B/ha vía foliar en prefloración y repetir en plena floración. El zinc (Zn) y el molibdeno (Mo), por su papel en enzimas relacionadas con la síntesis de auxinas y la reducción de nitratos, contribuyen a sostener la actividad fotosintética y la eficiencia del N, en lotes con historial de deficiencias se recomiendan mezclas foliares que aporten 200-300 g Zn/ha y 40-60 g Mo/ha entre V4 y R5, evitando mezclas incompatibles con fungicidas cúpricos.
La sincronía entre oferta de nutrientes y demanda del cultivo resulta decisiva, no solo la dosis, por ello, en riego por goteo, la fertirrigación por etapas fenológicas permite modular la relación N:K y la presencia de Ca y Mg para mantener un balance catiónico que favorezca el llenado, mientras que en riego por gravedad la estrategia pasa por una fertilización de base bien calculada y refuerzos foliares dirigidos, apoyados en diagnósticos de análisis foliar en R1-R2 para ajustar a tiempo.
Labores culturales y manejo del dosel en la fase reproductiva
El manejo físico del cultivo durante la fase reproductiva persigue dos objetivos complementarios, proteger el aparato fotosintético y asegurar un microclima estable alrededor de flores y vainas, para ello, la densidad de población y la arquitectura del dosel, definidas desde la siembra, condicionan muchas de las decisiones posteriores. En densidades altas (más de 250,000 plantas/ha en materiales de porte indeterminado), el cierre temprano del dosel incrementa la humedad relativa y reduce la aireación, lo que exige una vigilancia más estricta de enfermedades y una estrategia de fungicidas preventivos, en cambio, densidades moderadas con buena distribución espacial facilitan la penetración de luz en estratos medios, sosteniendo la fotosíntesis de hojas cercanas a las vainas, que son las que más contribuyen al llenado de grano.
El control de malezas durante el periodo reproductivo tiene un componente fisiológico además del competitivo, malezas de ciclo corto que emergen en R5-R6 pueden no reducir de forma drástica los recursos, pero alteran la distribución de luz y el microclima, creando focos de alta humedad que favorecen patógenos, por ello, el objetivo es llegar a floración con el cultivo prácticamente libre de malezas, de modo que en R5 solo se requieran controles puntuales, preferentemente mecánicos o manuales, para evitar el estrés asociado a aplicaciones tardías de herbicidas postemergentes. En sistemas mecanizados, un último cultivo entre surcos en V4-V5, sin dañar raíces superficiales, ayuda a airear el suelo y a reducir la evaporación directa, mejorando el uso del agua aplicada.
El manejo fitosanitario en esta etapa debe ser preventivo y selectivo, la protección del área foliar funcional implica controlar a tiempo trips, mosca blanca y chupadores que dañan flores y vainas tiernas, así como patógenos foliares que reducen la tasa fotosintética, sin embargo, el uso intensivo de insecticidas de amplio espectro afecta poblaciones de polinizadores y enemigos naturales, lo que puede tener efectos indirectos sobre el cuajado y la dinámica de plagas secundarias, por ello, la tendencia actual es integrar bioinsecticidas, reguladores de crecimiento y moléculas selectivas, apoyados en monitoreo con umbrales económicos ajustados a cada región y tipo de mercado.
El apilado o tutorado en frijoles de guía, aunque no siempre se practica en sistemas de grano a gran escala, tiene efectos claros sobre la eficiencia de la intercepción luminosa y la sanidad del dosel, al elevar el follaje del suelo se reduce el contacto directo de vainas con superficies húmedas y se mejora la ventilación, disminuyendo la incidencia de pudriciones y manchas bacterianas, en sistemas intensivos de alto valor, el costo adicional del tutorado se compensa con mayor rendimiento y calidad de grano, así como con una menor presión de enfermedades.
Finalmente, la gestión del estrés térmico y la radiación excesiva durante floración y llenado se ha vuelto más relevante con el incremento de ondas de calor en regiones frijoleras de México, temperaturas máximas superiores a 32-34 °C durante varios días consecutivos reducen la viabilidad del polen y aceleran la senescencia, en estas condiciones, prácticas como el mantenimiento de una cobertura foliar densa pero bien aireada, la programación de riegos que amortigüen los picos de temperatura del suelo y, en sistemas de alto valor, el uso de caolín o protectores solares foliares, pueden marcar la diferencia en el porcentaje de cuajado efectivo.
La articulación de todas estas decisiones, riego ajustado al estado hídrico del suelo, nutrición sincronizada con la demanda fisiológica y labores culturales orientadas al microclima del dosel, define la capacidad del cultivo de frijol para sostener su aparato reproductivo en un entorno cambiante, y con ello, su potencial real de rendimiento y calidad de grano.
Indicadores y actividades para la cosecha
La decisión del momento de cosecha en frijol define el techo productivo real del cultivo, más que muchas de las prácticas realizadas durante el ciclo. Un retraso de 5 a 7 días en la fecha óptima puede traducirse en pérdidas superiores al 20 % por desgrane, manchado de grano y brotado en vaina, mientras que una cosecha anticipada compromete el llenado y el peso hectolítrico. Por eso, los indicadores deben priorizar la fisiología del cultivo y las exigencias del mercado, no solo la disponibilidad de maquinaria o la costumbre local.
Indicadores clave de madurez para la cosecha
El primer indicador robusto es el estado de madurez fisiológica del grano, que se refleja en el viraje de color de las vainas y del follaje. En frijol de hábito determinado, el umbral técnico se alcanza cuando al menos 80-90 % de las vainas han cambiado a su color característico de madurez (paja, crema o café claro, según el tipo comercial) y el follaje ha perdido la mayor parte de su verdor, con predominio de tonos amarillentos y secos. En materiales indeterminados, donde la floración es más escalonada, el criterio se ajusta a la proporción de vainas maduras en el tercio medio e inferior de la planta, que concentran la mayor parte del rendimiento.
Sin embargo, el color de la planta es un indicador indirecto, útil pero insuficiente, por lo que se complementa con la humedad del grano. Para frijol destinado a grano seco, el intervalo óptimo de cosecha mecanizada se sitúa cuando el grano en vaina presenta 16-18 % de humedad, lo que reduce el riesgo de daño mecánico severo durante el trilla y limita el desgrane prematuro en campo. Si se cosecha por arriba de 20 %, aumenta el daño por impacto y la susceptibilidad a hongos de almacenamiento, mientras que por debajo de 14 % se eleva el porcentaje de granos quebrados y partidos. Este indicador es especialmente crítico en sistemas tecnificados donde se emplean cosechadoras combinadas.
Un tercer indicador, frecuentemente subestimado, es la uniformidad de madurez en la parcela. En lotes con alta variabilidad de fecha de emergencia, diferencias marcadas de fertilidad o presencia de compactación, la madurez puede ser muy dispareja, lo que obliga a compromisos entre rendimiento y calidad. En estos casos, la evaluación debe hacerse por bloques relativamente homogéneos, considerando la distribución de vainas verdes, amarillas y secas, y evitando decidir a partir de observaciones puntuales en bordes o depresiones del terreno. La uniformidad de madurez condiciona, además, la eficiencia de la desecación química cuando se utiliza.
La integridad física de las vainas constituye otro indicador decisivo. En variedades de vaina delgada o con suturas débiles, el retraso de la cosecha incrementa exponencialmente el desgrane en campo, sobre todo bajo condiciones de ciclos de humedecimiento-secado por lluvias intermitentes. La presencia de vainas abiertas, semillas expuestas o granos en el suelo es una señal inequívoca de que el umbral de seguridad se ha superado. En estos escenarios, se prioriza la cosecha urgente de las áreas más afectadas, incluso si el resto de la parcela no ha alcanzado el nivel óptimo de madurez.
El riesgo climático inmediato también funciona como indicador operativo, aunque externo al cultivo. Pronósticos de lluvias intensas, frentes fríos o vientos fuertes en los siguientes 3 a 5 días pueden adelantar la fecha de cosecha en lotes que ya se encuentran cercanos al punto óptimo de madurez, sobre todo en regiones con antecedentes de brotado en vaina o manchado de testa. La decisión se vuelve una gestión de riesgo: sacrificar una fracción de peso de grano para evitar pérdidas masivas por deterioro de calidad comercial, en particular en frijoles de color claro y alto valor, como frijol pinto o frijol azufrado.
Actividades previas a la cosecha
Definido el momento, el manejo agronómico se orienta a preparar el cultivo y el terreno para una cosecha eficiente, con el menor daño posible al grano y a la estructura del suelo. En sistemas de temporal, la primera actividad suele ser la evaluación del porte del cultivo y del grado de acame, ya que estas condiciones determinan la estrategia: cosecha directa con combinada, corte previo con acondicionador o arrancado manual. En materiales de hábito indeterminado, con abundante biomasa y en suelos húmedos, la cosecha directa incrementa el riesgo de atascos y pérdidas, por lo que se opta por un corte previo en hileras o gavillas.
En esquemas tecnificados, un componente cada vez más utilizado es la aplicación de desecantes o madurantes químicos, cuyo propósito es homogeneizar la madurez y acelerar el secado del follaje, reduciendo la humedad del material vegetativo que ingresa a la máquina. El uso de estos productos exige respetar estrictamente los intervalos de seguridad y las regulaciones de residuos, ya que el frijol es un alimento de consumo directo. Además, la oportunidad de aplicación debe sincronizarse con el estado de las vainas, evitando tratamientos cuando aún predomina un alto porcentaje de vainas verdes, lo que generaría granos arrugados o inmaduros.
En paralelo, se ajusta la infraestructura de poscosecha. Antes de iniciar, se verifica la disponibilidad y calibración de medidores de humedad, la capacidad de los patios de secado o secadoras mecánicas, y el estado de las bodegas, que deben estar limpias, secas y con control de plagas. Esta preparación es crítica, porque una vez que el frijol entra en cosecha, los volúmenes diarios pueden superar la capacidad de manejo si no se ha planificado, lo que deriva en montones de grano húmedo, focos de calentamiento y desarrollo de hongos como Aspergillus y Penicillium.
Cosecha manual y mecanizada: decisiones técnicas
La cosecha manual sigue siendo relevante en muchas regiones productoras, sobre todo en laderas, parcelas pequeñas y zonas con limitaciones de mecanización. En este sistema, las actividades se organizan en tres etapas: corte o arrancado de plantas, oreo en campo y trilla. El corte se realiza cuando el cultivo ya alcanzó los indicadores de madurez, depositando las plantas en hileras o pequeños montones, orientados a favor del viento predominante para favorecer el secado uniforme. El oreo dura de 2 a 5 días según las condiciones ambientales, hasta que las vainas crujen al tacto y el grano alcanza alrededor de 14-16 % de humedad.
La trilla manual o con trilladoras estacionarias demanda control cuidadoso de la intensidad de impacto, ya que golpes excesivos rompen la testa y reducen la calidad comercial, sobre todo en frijoles de exportación. Se recomienda ajustar la alimentación de la máquina y la velocidad del cilindro o rotor, buscando el punto en que se libere la mayor proporción de grano con el menor porcentaje de granos quebrados. Tras la trilla, el grano se somete a limpieza primaria, mediante zarandas y corriente de aire, para eliminar impurezas gruesas y finas antes del secado final.
En contraste, la cosecha mecanizada directa con cosechadora combinada integra corte, trilla y limpieza en una sola operación, lo que reduce costos de mano de obra pero incrementa la complejidad del ajuste fino. La altura de corte debe minimizar la entrada de material verde y tierra, sin dejar vainas en el estrato bajo, lo que en la práctica implica trabajar a 10-15 cm sobre el suelo, dependiendo del porte del cultivo y del relieve. El ajuste de velocidad de avance, apertura de cóncavo, velocidad del cilindro y flujo de aire en zarandas se realiza con base en evaluaciones de campo, midiendo pérdidas por la cola de la máquina y daño al grano.
Un aspecto crítico en la cosecha mecanizada es el manejo de humedad del grano y del follaje. Cuando el grano está en el rango de 16-18 % pero el follaje aún conserva humedad elevada, el riesgo de atascos y envolvimiento en los órganos de trilla aumenta, por lo que en estas condiciones la desecación previa o el retraso de la cosecha resultan más eficientes que forzar la operación. Además, temperaturas ambientales altas combinadas con grano húmedo dentro de la tolva favorecen el calentamiento localizado, de modo que los tiempos de permanencia del grano en la máquina y en los remolques deben ser los mínimos posibles.
Manejo inmediato del grano tras la cosecha
Una vez fuera del campo, el frijol entra en una fase donde la ingeniería de poscosecha define la conservación de su calidad comercial y sanitaria. El primer objetivo es llevar el grano a una humedad segura de almacenamiento, generalmente 12-13 %, en un lapso no mayor a 24-48 horas después de la cosecha, para evitar respiración excesiva, calentamiento y crecimiento de hongos. El secado puede ser en patios, con capas delgadas de 3-5 cm y volteos frecuentes, o en secadoras mecánicas de flujo continuo, donde la temperatura del aire no debe exceder 40-45 °C para no dañar la viabilidad de la semilla ni provocar fisuras internas.
La limpieza secundaria y clasificación se realiza una vez estabilizada la humedad, utilizando cribas y mesas gravitacionales para separar granos dañados, partidos, manchados o de menor densidad. Esta etapa es indispensable cuando se busca cumplir especificaciones estrictas de mercado, como tamaño uniforme, color homogéneo y baja proporción de defectos, que en frijol de exportación pueden ser menores al 3-5 %. Además, la eliminación de impurezas reduce la carga de microorganismos y la presencia de insectos, mejorando la estabilidad del lote en bodega.
El almacenamiento final requiere bodegas con control de plagas y monitoreo sistemático de temperatura y humedad relativa, ya que el frijol es altamente susceptible a insectos como Zabrotes subfasciatus y Acanthoscelides obtectus. Las prácticas de manejo integrado incluyen limpieza profunda previa, uso de costales o contenedores limpios, ventilación adecuada y, cuando es necesario, tratamientos protectores autorizados, siempre respetando las normativas de inocuidad. El objetivo es preservar la integridad física y fisiológica del grano, manteniendo su valor comercial y su potencial como semilla para el siguiente ciclo.
Manejo postcosecha para cuidar la calidad
El manejo postcosecha del frijol comienza antes del corte de las plantas, en el punto exacto de madurez fisiológica, cuando la humedad del grano se sitúa entre 18–22%, las vainas han perdido el brillo y el color se estabiliza según el tipo comercial. Retrasar la cosecha en campo expone al cultivo a lluvias tardías, dehiscencia de vainas y proliferación de hongos, mientras que adelantarla incrementa el porcentaje de granos arrugados y con baja densidad, por ello la primera decisión crítica es sincronizar la madurez del cultivo con la ventana climática más estable disponible.
Esta sincronización condiciona el método de cosecha. En sistemas mecanizados, el uso de cosechadoras combinadas ajustadas a la fragilidad del grano de Phaseolus vulgaris permite reducir pérdidas y daño mecánico, siempre que la velocidad del cilindro, la apertura del cóncavo y el flujo de aire se calibren para mantener el porcentaje de granos partidos por debajo de 1,0–1,5%. En sistemas manuales o semimecanizados, el arrancado y tendido en hileras sobre el rastrojo o mantas permeables favorece un presecado uniforme, aunque aumenta la exposición a rocíos y lluvias, de modo que la decisión entre uno u otro sistema debe considerar la frecuencia de eventos de lluvia en la etapa final del ciclo y la disponibilidad de infraestructura de secado.
La transición inmediata tras la cosecha es el secado, etapa en la que se define gran parte de la calidad comercial final. El objetivo es reducir la humedad del grano hasta 12–13% para almacenamiento de mediano plazo y 10–11% para almacenamiento prolongado superior a 9 meses, con una tasa de deshidratación que no genere gradientes internos extremos. Cuando el secado es muy rápido, sobre todo por aire caliente por encima de 45–50 °C, la testa se endurece de forma diferencial respecto al cotiledón, aparecen microfisuras y se incrementa la susceptibilidad a rajaduras durante la manipulación y la cocción, además de favorecer el fenómeno de “cáscara dura” (hard shell).
En regiones templadas y áridas, el secado solar controlado sigue siendo una opción técnica válida, siempre que el frijol se extienda en capas de 2–3 cm sobre superficies limpias y se remueva con frecuencia para homogeneizar la pérdida de humedad, protegiéndolo de la radiación directa excesiva mediante mallas sombra de 30–40%. Sin embargo, la variabilidad climática reciente, con episodios de lluvia fuera de estación, ha impulsado el uso de secadores de aire forzado, donde el control de temperatura y flujo de aire es más preciso. Allí, mantener el aire de secado entre 30–40 °C con humedades relativas por debajo de 60% permite una deshidratación gradual, reduciendo tensiones internas y conservando el brillo y el color característicos de cada tipo comercial, en especial en frijoles claros como pinto, azufrado y flor de mayo, más sensibles al pardeamiento.
Una vez alcanzada la humedad objetivo, el grano requiere un periodo de temple o equilibrado de 24–48 horas, durante el cual se estabiliza la distribución de humedad entre testa y cotiledones. Este proceso, que suele ignorarse en esquemas intensivos, disminuye el estrés interno del grano y reduce el porcentaje de roturas en las etapas subsecuentes de manejo, en particular durante el transporte hacia los centros de acopio y las plantas de beneficio. Además, el temple permite detectar lotes con secado heterogéneo, donde la diferencia de humedad entre el centro y la periferia del grano supera 2 puntos porcentuales, condición que incrementa el riesgo de condensación interna durante el almacenamiento.
Limpia, clasificación y conservación de la integridad física
El siguiente eslabón del manejo postcosecha es la limpia mecánica, cuyo propósito no se limita a eliminar impurezas, sino a estandarizar la calidad física y sanitaria del lote. El uso de zarandas vibratorias, mesas de aire y separadores por densidad permite remover material inerte, semillas de malezas, granos dañados por insectos y frijoles inmaduros, mejorando la apariencia comercial y reduciendo focos de infestación durante el almacenamiento. En lotes destinados a mercados de exportación o a nichos de alta calidad, la incorporación de selección óptica por color y forma se ha vuelto estratégica para mantener la uniformidad visual, eliminando granos manchados, con pardeamiento prematuro o defectos de testa.
La clasificación por tamaño y peso específico no solo responde a exigencias comerciales, también tiene implicaciones tecnológicas. Lotes homogéneos en masa de 100 semillas, densidad y tamaño presentan tiempos de cocción más uniformes y menor porcentaje de granos duros, lo que se traduce en productos industriales más consistentes, desde frijol precocido hasta harinas y pastas proteicas. Además, la remoción sistemática de granos partidos y quebrados reduce la superficie disponible para el desarrollo de hongos y la acción de insectos de almacenamiento como Acanthoscelides obtectus y Zabrotes subfasciatus.
La integridad física del grano se protege también reduciendo impactos y caídas libres durante todas las operaciones postcosecha. Tolvas con recubrimientos amortiguantes, ángulos de caída menores a 45° y el uso de elevadores de banda en lugar de tornillos sinfín disminuyen el porcentaje de granos fisurados, que suelen pasar inadvertidos en la inspección visual pero se manifiestan posteriormente como granos partidos tras el transporte o la cocción. En términos comerciales, mantener el porcentaje de granos dañados totales por debajo de 3% es un umbral crítico para conservar precios diferenciados en mercados exigentes.
Almacenamiento: ambiente, sanidad y fisiología del grano
El almacenamiento del frijol es un proceso dinámico donde interactúan la fisiología residual del grano, la atmósfera interna del almacén y la biología de plagas y patógenos. El grano, aun seco, mantiene una respiración basal que consume oxígeno y libera CO₂, agua y calor, por lo que la acumulación de sacos en bodegas mal ventiladas genera microambientes con gradientes de temperatura y humedad, que favorecen condensaciones locales y, con ellas, el desarrollo de hongos como Aspergillus y Penicillium. Mantener la humedad relativa del ambiente por debajo de 65% y temperaturas inferiores a 20–22 °C reduce significativamente la tasa de deterioro y la velocidad de desarrollo de insectos.
En este contexto, la elección del sistema de almacenamiento es decisiva. Los esquemas tradicionales en costales de yute o polipropileno sobre tarimas de madera siguen siendo dominantes, pero presentan retos en el control de plagas y la estabilidad térmica. La adopción creciente de silos metálicos herméticos y bolsas plásticas de alta barrera ha demostrado reducir las pérdidas por insectos a menos de 1,0% anual, al crear atmósferas modificadas con niveles de oxígeno inferiores a 5%, letales para el desarrollo de gorgojos sin necesidad de insecticidas residuales. Estos sistemas, sin embargo, exigen un control riguroso de la humedad inicial del grano, ya que cualquier punto por encima de 13% incrementa el riesgo de condensación y crecimiento fúngico interno.
El manejo sanitario se apoya en estrategias de control integrado de plagas, evitando la dependencia exclusiva de fosfuros o piretroides. La limpieza profunda de bodegas, la eliminación de residuos de cosechas previas, el uso de trampas de feromonas para monitoreo y la rotación de principios activos cuando se requiere fumigación forman un esquema que limita la presión de selección sobre las poblaciones de insectos. En sistemas herméticos, el uso de atmósferas modificadas con CO₂ o nitrógeno, junto con periodos de exposición bien definidos, ofrece una alternativa sin residuos para mercados que demandan frijol libre de plaguicidas.
La estabilidad del color y brillo del grano, atributos clave del valor comercial, depende en gran medida del control de temperatura y oxígeno durante el almacenamiento. En frijoles negros, el pardeamiento acelerado se asocia con temperaturas superiores a 25 °C y alta disponibilidad de oxígeno, que activan procesos de oxidación de fenoles y melaninas, mientras que en frijoles claros el oscurecimiento se vuelve evidente incluso a temperaturas moderadas si la humedad del grano supera 13%. La combinación de ambientes frescos, baja humedad y atmósferas pobres en oxígeno retrasa estos procesos, extendiendo la vida comercial del grano y preservando su aceptabilidad en mercados que penalizan el pardeamiento con descuentos de hasta 20–30% en el precio.
Calidad culinaria y trazabilidad de la postcosecha
La calidad comercial del frijol no se agota en su apariencia física, se expresa también en su comportamiento culinario, en particular en el tiempo de cocción, la textura y la capacidad de formar caldos espesos y estables. Diversos estudios han demostrado que el manejo postcosecha incide de forma directa en el fenómeno de “endurecimiento por almacenamiento” (hard-to-cook), asociado con la formación de puentes de calcio y magnesio en las paredes celulares y la modificación de proteínas de reserva. Temperaturas de almacenamiento superiores a 25–30 °C y humedades relativas elevadas aceleran este proceso, incrementando el tiempo de cocción hasta en 50–80% tras 6–8 meses, lo que reduce la aceptación del producto tanto en consumo doméstico como en la industria.
El vínculo entre postcosecha y calidad funcional se hace más evidente cuando se analizan lotes con igual genética y condiciones de cultivo, pero manejos postcosecha distintos. Lotes secados lentamente a temperaturas moderadas, almacenados en condiciones frescas y con buena estabilidad de humedad conservan mejor la capacidad de hidratación y muestran menor porcentaje de granos que permanecen duros tras la cocción, en comparación con lotes sometidos a secados rápidos y almacenados en bodegas cálidas. Esta diferencia se traduce en eficiencia energética para el consumidor y en consistencia tecnológica para la industria de alimentos preparados.
Por ello, el manejo postcosecha del frijol tiende a integrarse cada vez más con sistemas de trazabilidad, donde se registran parámetros como humedad al ingreso, curvas de secado, temperatura y humedad relativa en almacén, incidencias de plagas y tratamientos aplicados. Esta información permite correlacionar prácticas específicas con indicadores de calidad comercial y culinaria, ajustando protocolos de secado y almacenamiento según el destino del producto, ya sea mercado fresco, industria de enlatados, frijol precocido o ingredientes funcionales para formulaciones de alto contenido proteico.
En última instancia, la calidad comercial necesaria no se sostiene con una sola decisión puntual, sino con una secuencia de acciones coherentes, desde la elección del momento de cosecha hasta la gestión fina del ambiente de almacenamiento. Cada operación postcosecha, por mínima que parezca, modifica la fisiología del grano, su integridad física y su potencial de uso, de modo que la competitividad del frijol en mercados cada vez más exigentes dependerá de la capacidad de los sistemas productivos para articular estas etapas en un manejo integrado, preciso y basado en evidencia.
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