Sanidad vegetal del cultivo de frijol

La sanidad vegetal del cultivo de frijol, Phaseolus vulgaris, determina la eficiencia con que el sistema convierte radiación, agua y nutrientes en rendimiento cosechable, por eso el manejo integrado de patógenos como Colletotrichum lindemuthianum, Xanthomonas axonopodis pv. phaseoli y virus del mosaico, junto con nematodos fitoparásitos, debe anticiparse al umbral de daño económico, si la infección se instala en fases tempranas de floración o llenado de vaina, el potencial productivo se colapsa aunque la nutrición y el riego sean óptimos.
Esta vulnerabilidad obliga a combinar resistencia genética específica y horizontal, microbiomas rizosféricos funcionales, rotaciones con gramíneas y monitoreo epidemiológico de alta resolución, mediante sensores remotos, modelos de pronóstico y diagnóstico molecular temprano se pueden ajustar dosis y momentos de aplicación de fungicidas, bactericidas y bioinsumos, minimizando la presión de selección y preservando la eficacia de los modos de acción, así la sanidad del frijol se transforma en un atributo de diseño del agroecosistema y no en una reacción tardía a la pérdida de rendimiento.
Plagas
La sanidad vegetal del frijol en México se define, en gran medida, por la dinámica de sus plagas clave, que operan sobre un cultivo mayoritariamente de temporal, sometido a estrés hídrico, nutricional y térmico. En ese contexto, las plagas no son solo un factor de merma directa, sino un modulador del potencial productivo, capaz de desplazar rendimientos de 1.5–2.0 t/ha en sistemas tecnificados a menos de 0.5 t/ha en condiciones de infestación severa sin manejo. La vulnerabilidad del cultivo se amplifica por la amplia superficie de siembra en pequeñas parcelas, con heterogeneidad de prácticas de manejo y limitada sincronía en el control, lo que favorece la continuidad de los ciclos biológicos de insectos y ácaros a escala regional.
Complejo de trips, mosca blanca y pulgones: plagas de arquitectura fina
Entre las plagas más determinantes en la fase vegetativa y reproductiva se encuentra el complejo de trips, dominado por Caliothrips phaseoli y Frankliniella spp., que coloniza primero el follaje joven y después flores y vainas en desarrollo. Estos insectos, al alimentarse raspando tejidos y succionando savia, generan clorosis, bronceado y deformación de foliolos, reducen el área fotosintética efectiva y, sobre todo, alteran la floración y el cuajado de vainas, con pérdidas que pueden superar 30 % en condiciones de sequía y altas temperaturas. El estrés hídrico incrementa la concentración de aminoácidos libres en la savia, lo que favorece la reproducción de trips, mientras que la reducción del crecimiento vegetativo intensifica el impacto por unidad de daño.
En un nivel similar de relevancia se sitúa la mosca blanca, principalmente Bemisia tabaci y Trialeurodes vaporariorum, cuya importancia trasciende el daño directo por succión de savia y excreción de mielecilla, que induce fumagina y reduce la intercepción de luz. Su verdadero peso agronómico se expresa como vector de virosis, en particular del mosaico dorado del frijol, que puede reducir el rendimiento más de 60 % cuando la infección ocurre en estadios tempranos. La densidad de mosca blanca se ve favorecida por monocultivos continuos de leguminosas y cucurbitáceas, por la presencia de hospederos alternos perennes y por el uso intensivo de insecticidas de amplio espectro que erosionan las poblaciones de enemigos naturales, como Encarsia y Eretmocerus. El resultado es un sistema inestable, con picos poblacionales abruptos que desbordan la capacidad de respuesta del productor.
Los pulgones, principalmente Aphis craccivora y Aphis fabae, se insertan en este mismo eje de plagas chupadoras, aunque su impacto suele ser más errático y dependiente del entorno. En siembras tempranas y con baja precipitación inicial, las colonias se establecen con rapidez en brotes tiernos, provocan enrollamiento de hojas, retraso en el crecimiento y, en infestaciones altas, aborto de flores. Su rol como vectores de virus, aunque relevante, es generalmente secundario frente a la mosca blanca, sin embargo, su presencia conjunta con trips y mosca blanca configura un escenario de estrés combinado, donde el rendimiento se reduce no solo por la pérdida de área foliar funcional, sino por la alteración hormonal y fisiológica de la planta, que ajusta su asignación de recursos desde el crecimiento hacia la defensa.
Plagas defoliadoras y barrenadoras: del follaje a la semilla
El complejo de lepidópteros defoliadores, encabezado por Spodoptera exigua, Spodoptera frugiperda y Helicoverpa zea, representa un desafío distinto, pues su daño es visible y rápido, con consumo directo de follaje, flores y vainas. En frijol de riego en el Bajío y el norte de México, Helicoverpa encuentra un nicho ideal en la fase de floración y llenado de vainas, donde las larvas perforan y consumen granos en formación, reducen el número de semillas por vaina y facilitan la entrada de patógenos secundarios. Ensayos recientes en parcelas comerciales han documentado pérdidas de 20–40 % en rendimiento cuando las densidades superan 2–3 larvas por metro lineal sin intervención oportuna, especialmente en materiales de hábito de crecimiento indeterminado, que prolongan la ventana de susceptibilidad.
Las plagas del suelo añaden una capa de complejidad al panorama, pues su daño se manifiesta con retraso y suele confundirse con problemas de germinación o deficiencias nutricionales. Larvas de gusano de alambre (Agriotes spp.), gusano blanco (Phyllophaga spp.) y gusano trozador (Agrotis ipsilon) atacan semillas, hipocótilos y raíces jóvenes, reducen la población de plantas establecidas y generan rodales con baja densidad, donde la intercepción de radiación y el cierre de dosel se ven comprometidos. Una reducción de 20–30 % en la población inicial de plantas puede traducirse en mermas de 15–25 % en rendimiento, incluso si las plantas sobrevivientes compensan parcialmente con mayor ramificación, ya que la distribución espacial irregular limita el aprovechamiento de recursos.
En etapas posteriores, la atención se desplaza hacia los barrenadores y chinches de vaina, como Zabrotes subfasciatus y Euschistus servus, que afectan directamente el componente de rendimiento más sensible: el número y peso de granos comerciales. Zabrotes puede iniciar su ciclo en campo, ovipositando sobre vainas tiernas, y continuar el daño en almacenamiento, perforando granos, reduciendo peso hectolítrico y calidad comercial, con pérdidas combinadas que superan 50 % cuando no se implementan medidas preventivas. Las chinches, por su parte, succionan granos en llenado, provocan abortos parciales, granos arrugados y decolorados, que reducen el valor de mercado incluso si el rendimiento en peso total se mantiene cercano al potencial.
Ácaros y su interacción con el estrés abiótico
Los ácaros fitófagos, principalmente Tetranychus urticae y Tetranychus ludeni, han ganado relevancia en regiones frijoleras del altiplano y el norte del país, impulsados por veranos más cálidos y secos, y por el uso intensivo de insecticidas que reducen la fauna benéfica. Estos ácaros colonizan el envés de las hojas, se alimentan de células epidérmicas y mesófilo, generan punteado clorótico, amarillamiento y, en infestaciones severas, desecación prematura del follaje. El impacto sobre el rendimiento se acentúa cuando el ataque ocurre durante el llenado de grano, ya que la planta pierde capacidad fotosintética justo en la fase de mayor demanda de asimilados, con reducciones de hasta 35 % en peso de grano por planta bajo infestaciones altas y estrés hídrico concurrente.
La interacción entre ácaros y estrés abiótico es particularmente crítica en frijol de temporal, donde la sequía intermitente y las olas de calor se han intensificado en la última década. La planta, al cerrar estomas para reducir la transpiración, limita la entrada de CO₂, reduce la fotosíntesis y acumula especies reactivas de oxígeno, mientras que los ácaros continúan alimentándose, incrementan la pérdida de agua foliar y aceleran la senescencia. Este círculo vicioso se traduce en ciclos fenológicos acortados, menor tamaño de vaina y granos de menor calibre, con impactos económicos directos en sistemas donde el precio se modula por la calidad física del grano.
Impacto agregado en el rendimiento y retos para el manejo
Consideradas de forma aislada, cada plaga tiene umbrales de daño económico relativamente bien definidos, sin embargo, en la realidad productiva mexicana predominan infestaciones simultáneas de plagas chupadoras, defoliadoras y del suelo, lo que genera efectos sinérgicos sobre el rendimiento. Un lote con presión moderada de trips, mosca blanca y ácaros puede mostrar una reducción de 20–30 % en biomasa aérea y área foliar efectiva, que, combinada con un ataque de Helicoverpa en floración, deriva en una caída de 40–50 % en el rendimiento final, aun cuando ninguna plaga, por sí sola, hubiera justificado una intervención intensiva. Esta acumulación de daños subletales explica por qué muchos productores reportan rendimientos consistentemente por debajo del potencial genético de sus variedades, incluso en años con precipitación adecuada.
La variabilidad espacial y temporal de las poblaciones de plagas complica el diseño de estrategias de manejo, pues los picos de infestación no siempre coinciden con las etapas de máxima susceptibilidad del cultivo. En regiones como Durango, Zacatecas y Chihuahua, se observa una creciente desincronización entre fechas de siembra y dinámica de mosca blanca y trips, impulsada por cambios en los patrones de lluvia y temperatura, lo que obliga a replantear calendarios de siembra y a integrar herramientas de monitoreo más finas, como trampas cromáticas, modelos fenológicos y sensores remotos para detectar estrés temprano. Sin estos ajustes, el margen de maniobra para proteger el rendimiento se reduce a la aplicación reactiva de insecticidas, con consecuencias previsibles sobre resistencia y pérdida de control biológico.
El impacto económico de las plagas en frijol se expresa no solo como toneladas perdidas por hectárea, sino como incertidumbre productiva, que desincentiva inversiones en tecnología y mejora genética. Un productor que enfrenta variaciones de 0.5 a 1.2 t/ha entre ciclos, atribuibles en gran parte a fluctuaciones en la presión de plagas, difícilmente apostará por esquemas de manejo integrado que requieren planificación, monitoreo y coordinación colectiva, aunque estos sean la vía más sólida para estabilizar rendimientos en el mediano plazo. Esa inestabilidad también repercute en la seguridad alimentaria regional, dado que el frijol sigue siendo un componente central de la dieta y del ingreso campesino.
Frente a este escenario, la comprensión detallada de las interacciones entre plagas, planta y ambiente se vuelve un requisito para cualquier estrategia de intensificación sostenible del cultivo. No basta con conocer la biología individual de Bemisia, Helicoverpa o Tetranychus, se requiere entender cómo la arquitectura del dosel, el manejo del riego, la fertilización nitrogenada y la diversidad de cultivos en el paisaje modulan la vulnerabilidad del sistema. El reto no es solo reducir poblaciones de plagas por debajo de umbrales de daño económico, sino rediseñar agroecosistemas de frijol menos favorables a su establecimiento y proliferación, de modo que el rendimiento esperado se acerque, con mayor consistencia, al potencial que la genética y el ambiente aún permiten alcanzar.
Enfermedades
La sanidad vegetal del frijol en México se sostiene sobre un equilibrio frágil entre el potencial genético del cultivo y la presión constante de patógenos altamente adaptados. Bajo condiciones óptimas, los materiales mejorados de Phaseolus vulgaris pueden superar rendimientos de 3.0 t/ha en riego tecnificado, sin embargo, en gran parte de las zonas productoras los promedios rara vez rebasan 1.0-1.2 t/ha, y una porción significativa de esta brecha se explica por enfermedades subestimadas o mal manejadas. El impacto no solo es cuantitativo, también altera calidad de grano, estabilidad interanual y rentabilidad, lo que convierte a la fitosanidad en un eje estratégico de competitividad.
Enfermedades foliares y del tallo: arquitectura de un rendimiento vulnerable
Entre las enfermedades foliares, la antracnosis causada por Colletotrichum lindemuthianum ocupa un lugar central en las regiones templadas y de altitud media, donde la humedad relativa supera 80 % durante floración y llenado de vaina. Este hongo, con alta especialización por razas fisiológicas, puede provocar pérdidas superiores a 70 % en materiales susceptibles, afectando vainas, pecíolos y tallos con lesiones necróticas hundidas que comprometen la translocación de fotoasimilados, de modo que el cultivo mantiene su biomasa aparente pero reduce drásticamente el número y peso de granos por planta. La elevada variabilidad del patógeno obliga a un mejoramiento genético dinámico, ya que la resistencia vertical suele quebrarse en ciclos cortos cuando se liberan variedades ampliamente sembradas.
La roya común, causada por Uromyces appendiculatus, se manifiesta con mayor intensidad en sistemas de riego del Bajío, Altiplano y Valles Altos donde las noches frescas y el rocío prolongado favorecen la germinación de uredosporas. Las pústulas pulverulentas en el envés de la hoja reducen el área fotosintética efectiva, aceleran la senescencia y, en infecciones tempranas, pueden disminuir el rendimiento entre 30 y 50 %, incluso cuando el índice de área foliar parece aceptable. La roya, a diferencia de la antracnosis, suele responder mejor a mezclas varietales y a resistencia parcial, donde genes de efecto aditivo reducen la tasa de progreso epidémico, lo que permite sostener rendimientos estables aun bajo presión de inóculo moderada.
La mancha angular, provocada por Pseudocercospora griseola, se ha intensificado en ambientes cálidos-subhúmedos y en siembras tardías de temporal, donde la combinación de lluvias frecuentes y temperaturas de 20-25 °C dispara ciclos de infección cortos. Esta enfermedad reduce el índice de cosecha al afectar principalmente el follaje medio y superior, justo cuando la planta requiere máxima capacidad fotosintética para sostener el llenado de grano. En parcelas con alta densidad y pobre ventilación, la mancha angular puede explicar reducciones de 0.4-0.6 t/ha respecto al potencial local, incluso sin síntomas severos en vainas, lo que la convierte en un factor silencioso pero recurrente de pérdida económica.
Estas enfermedades foliares se potencian cuando el manejo agronómico incrementa el microclima favorable al patógeno, por ejemplo, con fechas de siembra concentradas, marcos de plantación cerrados y fertilización nitrogenada excesiva que prolonga el ciclo vegetativo. Así, la sanidad del follaje no puede analizarse aislada del diseño del sistema de producción, porque los mismos factores que promueven altos rendimientos también pueden amplificar la vulnerabilidad epidemiológica si no se ajustan con criterio fitopatológico.
Podredumbres de raíz y cuello: la dimensión subterránea del problema
Mientras las enfermedades foliares son visibles y relativamente fáciles de monitorear, las podredumbres de raíz y cuello operan en un plano menos evidente pero igual de decisivo. Rhizoctonia solani, Fusarium spp. y complejos con Pythium dominan en suelos con mal drenaje, compactación o antecedentes de monocultivo, especialmente en zonas de riego por gravedad y temporal con encharcamientos recurrentes. El síntoma agronómicamente más relevante no es la muerte de plántulas en sí, sino la reducción del stand efectivo y la heterogeneidad en el desarrollo, que complica el manejo de riego, fertilización y cosecha, generando pérdidas acumulativas.
En regiones frijoleras del norte y centro de México se han documentado reducciones de hasta 40 % en el número de plantas cosechables por hectárea en lotes con alta incidencia de damping-off y pudrición de cuello, lo que se traduce en caídas de 0.5-0.8 t/ha respecto a parcelas vecinas con mejor estructura de suelo y rotaciones adecuadas. La interacción con estrés hídrico agrava el cuadro, ya que raíces parcialmente dañadas por Fusarium muestran menor capacidad de exploración y absorción, acentuando la sensibilidad a periodos cortos de sequía intraestacional, un escenario cada vez más frecuente bajo variabilidad climática reciente.
El uso de semilla certificada tratada con fungicidas sistémicos y de contacto reduce la incidencia inicial, pero su efecto se diluye cuando el inóculo en suelo es elevado y las condiciones físicas del mismo permanecen desfavorables. Por ello, la gestión de podredumbres radiculares se apoya más en rotaciones amplias con gramíneas, incorporación de residuos para mejorar agregación y evitar costras, y ajustes en láminas de riego que eviten saturación prolongada, que en intervenciones químicas aisladas. En este contexto, el frijol responde con incrementos de rendimiento sostenidos cuando se integra la salud del suelo como componente explícito de la estrategia fitosanitaria.
Enfermedades virales y bacterianas: estabilidad fisiológica bajo asedio
Los virus del frijol representan un desafío distinto, porque su impacto se expresa tanto en la biomasa como en la fisiología interna de la planta. El virus del mosaico común del frijol (BCMV) y el virus del mosaico necrótico del frijol (BCMNV) siguen siendo los más importantes en muchas regiones, transmitidos principalmente por semilla infectada y por áfidos de manera no persistente. Los síntomas de mosaico, deformación foliar y reducción del tamaño de la planta se traducen en menos nudos reproductivos, vainas pequeñas y menor número de granos por vaina, con pérdidas que pueden superar 60 % en materiales susceptibles cuando la infección ocurre en etapas tempranas.
La introducción de genes de resistencia como I y bc-3 en variedades modernas ha modificado el panorama, sin embargo, la presión de selección sobre las poblaciones virales ha generado cepas capaces de evadir ciertos genotipos, especialmente en sistemas donde se recicla semilla de cosecha propia sin control sanitario. En estos casos, el rendimiento promedio de lotes con alta incidencia viral puede quedar por debajo de 0.7 t/ha, incluso bajo manejo agronómico adecuado, lo que evidencia que la sanidad de la semilla es un punto crítico para sostener la productividad a largo plazo.
En paralelo, la bacteriosis común causada por Xanthomonas phaseoli pv. phaseoli y X. citri pv. fuscans se ha consolidado como un problema en regiones cálidas con lluvias intensas y tormentas frecuentes, donde las gotas de lluvia y el viento facilitan la diseminación de exudados bacterianos entre plantas. Las lesiones empapadas de agua en hojas y vainas, con halos cloróticos característicos, afectan la fotosíntesis y la integridad de las vainas, generando granos manchados y de menor valor comercial. En lotes con alta incidencia, las pérdidas combinadas por reducción de rendimiento y penalización en precio pueden superar 40 % del ingreso esperado, aun cuando los volúmenes cosechados parezcan aceptables.
La gestión integrada de virus y bacterias exige una visión de sistema de producción más que de cultivo aislado. El uso de semilla libre de patógenos, la eliminación de hospederos alternos, la reducción de fuentes de inóculo en bordes de parcela y el manejo racional de insecticidas para evitar picos de áfidos son componentes que, coordinados, disminuyen la probabilidad de epidemias severas. Cuando estos elementos se descuidan, el sistema se vuelve vulnerable a brotes explosivos que pueden arruinar ciclos completos, incluso en regiones con bajo historial previo de enfermedad.
Interacción clima-patógeno-hospedero y consecuencias en el rendimiento nacional
La dinámica reciente del clima en México, con incrementos en la frecuencia de eventos extremos, modifica la epidemiología de casi todas las enfermedades del frijol. Aumentos en la temperatura media nocturna favorecen ciertos patógenos foliares, mientras que lluvias erráticas generan alternancia entre estrés hídrico y encharcamientos que intensifican podredumbres radiculares, además, los cambios en patrones de siembra, impulsados por la disponibilidad de agua y mercados, desplazan el cultivo hacia ventanas fenológicas donde la coincidencia con picos de inóculo es mayor. Así, el impacto de las enfermedades no es estático, sino que se reconfigura continuamente.
A escala nacional, la suma de estas patologías explica una fracción importante de la brecha entre el rendimiento potencial y el rendimiento real, especialmente en temporal. En estados como Zacatecas, Durango y Chihuahua, donde el frijol es cultivo estratégico, las variaciones interanuales de rendimiento suelen correlacionarse con la severidad de enfermedades foliares y radiculares, moduladas por el régimen de lluvias, más que con la disponibilidad de insumos. En regiones de riego del Bajío y La Laguna, las enfermedades de follaje y bacteriosis comunes limitan la posibilidad de escalar hacia rendimientos de 3.0-3.5 t/ha de manera consistente, manteniendo promedios cercanos a 2.0-2.3 t/ha incluso con paquetes tecnológicos avanzados.
La respuesta a este escenario pasa por consolidar programas de manejo integrado de enfermedades que articulen genética resistente, sanidad de semilla, prácticas culturales, monitoreo epidemiológico y uso estratégico de fungicidas y bactericidas, priorizando la prevención sobre la reacción. Cuando estos elementos se alinean, el frijol expresa con mayor plenitud su potencial fisiológico, y la sanidad vegetal deja de ser un factor limitante para convertirse en un componente estructural de la productividad y la resiliencia del sistema agrícola mexicano.
Malezas
El complejo de malezas en frijol en México se comporta como un competidor silencioso pero sistemático, capaz de reducir el rendimiento entre 30 y 80 % según el momento y la intensidad de la infestación, la arquitectura del cultivo y el manejo previo del lote. En un sistema donde el frijol suele sembrarse en condiciones de limitada fertilidad y humedad, cualquier desvío de recursos hacia especies no cultivadas se traduce en pérdidas directas de biomasa y grano, pero también en alteraciones profundas de la dinámica de nutrientes, la estructura del dosel y la microflora del suelo.
La ventana crítica de competencia en frijol, bajo condiciones de temporal en el altiplano y el Bajío, se ubica típicamente entre los 15 y 40 días después de la siembra (dds), cuando el cultivo aún no cierra el entresurco y el índice de área foliar es insuficiente para sombrear el suelo. En este periodo, la presencia de gramíneas anuales como Echinochloa crus-galli y Setaria spp. puede reducir el rendimiento en más de 50 % si no se controlan antes de los 25 dds, mientras que las hojas anchas agresivas como Amaranthus hybridus y Bidens pilosa prolongan la competencia hasta etapas reproductivas, afectando el llenado de vaina y el número de granos por planta.
Gramíneas anuales: el adversario temprano
Las gramíneas anuales dominan las primeras etapas del ciclo del frijol, aprovechando su rápida emergencia y su alta eficiencia en el uso de la radiación. Echinochloa crus-galli y E. colona son frecuentes en regiones cálidas y subhúmedas, como Nayarit, Sinaloa y la cuenca del Balsas, donde se integran a sistemas de rotación con maíz y sorgo, adaptándose a labranza reducida y a riegos por gravedad. Su sistema radical fibroso y superficial explota los primeros centímetros del suelo, compitiendo por nitrógeno mineral y humedad en el mismo estrato donde el frijol establece la mayor parte de sus raíces activas.
En zonas del Bajío y el altiplano irrigado, especies como Digitaria sanguinalis, Setaria viridis y Panicum dichotomiflorum se asocian a densidades de siembra altas y a la aplicación superficial de fertilizantes nitrogenados, generando parches de alta biomasa de malezas que superan fácilmente los 4-6 t/ha de materia seca, suficiente para interceptar gran parte de la radiación incidente sobre el dosel del frijol. Esta sombra reduce la fotosíntesis neta de las hojas basales, adelgaza el tallo y provoca un crecimiento etiolado, lo que incrementa el acame y dificulta la cosecha mecánica.
La competencia por nitrógeno se intensifica en suelos con baja materia orgánica, donde el frijol depende tanto de la mineralización como de la fijación simbiótica con Rhizobium. Cuando las gramíneas capturan de forma temprana el nitrógeno disponible, el cultivo entra en un estado de deficiencia que retrasa el desarrollo foliar y limita la formación de nódulos funcionales, de modo que el impacto de las malezas no solo es directo sobre la biomasa aérea, también compromete la simbiosis fijadora de N, reduciendo el potencial de rendimiento incluso si las malezas se eliminan tardíamente.
Hojas anchas agresivas y malezas problemáticas
Las malezas de hoja ancha en frijol presentan estrategias de competencia más diversas, combinando alta tasa de crecimiento, plasticidad fenotípica y, en algunos casos, producción masiva de semillas viables por largos periodos. Amaranthus hybridus, A. palmeri y A. retroflexus se han consolidado como uno de los grupos más problemáticos en frijol de riego en el norte y noroeste de México, donde la selección ejercida por herbicidas postemergentes ha favorecido biotipos con resistencia a inhibidores de ALS y EPSPS, complicando el control químico y elevando los costos de manejo.
Amaranthus presenta una eficiencia extraordinaria en el uso de la radiación y del fósforo disponible, con tasas de crecimiento diario que superan las del frijol en más de 40 % bajo alta radiación y temperatura, lo que le permite dominar el dosel en pocas semanas si las densidades superan las 10-15 plantas/m². Esta supremacía estructural reduce drásticamente la fotosíntesis del cultivo, pero además crea un microclima más húmedo en la base de las plantas, que favorece la incidencia de antracnosis y otras enfermedades foliares, integrando así la maleza al complejo de sanidad vegetal de manera indirecta.
En regiones de clima templado y subhúmedo, Bidens pilosa, Parthenium hysterophorus y Xanthium strumarium representan un desafío distinto, con ciclos más largos y una mayor persistencia en el campo. Estas especies, al emerger de forma escalonada, mantienen una presión de competencia continua, obligando a repetir labores de deshierbe mecánico o aplicaciones secuenciales de herbicidas, lo que incrementa el riesgo de fitotoxicidad sobre el frijol, especialmente en variedades de porte indeterminado y follaje denso. Además, Parthenium se asocia con efectos alelopáticos sobre la germinación del frijol, reduciendo la emergencia uniforme y creando claros que son rápidamente colonizados por otras malezas.
En suelos con historial de cultivos perennes o barbechos prolongados, especies como Convolvulus arvensis y Cirsium vulgare se convierten en malezas perennes estructurales, con sistemas radicales profundos y reservas suficientes para rebrotar tras la labranza. Aunque su densidad suele ser menor que la de las anuales, su presencia persistente en el entresurco interfiere con el tránsito de maquinaria, dificulta el control mecánico y genera competencia por agua en profundidad, un recurso crítico en frijol de temporal, donde el perfil de humedad determina en gran medida el número de vainas por planta.
Dinámica de banco de semillas e impacto en rendimiento
La banca de semillas de malezas en sistemas frijol-maíz-sorgo de temporal en México puede superar fácilmente las 20,000-40,000 semillas/m², con una alta proporción de especies anuales de ciclo corto. Cada ciclo de frijol mal manejado incrementa este banco, sobre todo cuando las malezas alcanzan a semillar antes de la cosecha, sellando un círculo vicioso de infestaciones crecientes y costos de control en aumento. El impacto en rendimiento no se limita al ciclo inmediato, se proyecta a mediano plazo, reduciendo la rentabilidad de la rotación completa y condicionando las decisiones de siembra y manejo.
En términos fisiológicos, la competencia temprana por luz y nutrientes reduce el índice de área foliar del frijol en las primeras 4-6 semanas, lo que disminuye la tasa de crecimiento del cultivo y acorta la fase de acumulación de biomasa antes de la floración. Estudios recientes en frijol negro de temporal en el centro de México muestran que una infestación mixta de gramíneas y hojas anchas, mantenida sin control hasta los 35 dds, reduce la biomasa aérea del cultivo en 35-45 % y el rendimiento en grano en 1,0-1,5 t/ha respecto a parcelas mantenidas libres de maleza en la ventana crítica, incluso cuando después se limpia completamente el lote.
El frijol responde a la competencia con ajustes morfológicos como mayor elongación del tallo, reducción del número de ramas productivas y menor número de flores viables por planta, lo que se traduce en menos vainas y menor peso de 100 semillas. La competencia tardía, a partir de floración, afecta sobre todo el llenado de grano, ya que las malezas capturan agua y nutrientes justo cuando el cultivo demanda máximos flujos hacia las vainas, provocando mayor proporción de granos vanos o de tamaño reducido. Esta combinación de menor número de vainas y menor peso de grano explica las pérdidas extremas, cercanas al 80 %, observadas en lotes con control deficiente y alta presión de malezas.
La interacción con otros componentes de la sanidad vegetal amplifica el daño, porque un dosel de malezas denso retiene humedad y reduce la circulación de aire, favoreciendo epidemias de roya, antracnosis y mancha angular, mientras que la competencia por nutrientes, en particular nitrógeno y potasio, predispone al frijol a infecciones radiculares por Rhizoctonia y Fusarium. Así, el impacto de las malezas no puede aislarse del resto del complejo fitosanitario, ya que modifican el microambiente del cultivo y la fisiología de la planta hospedera, condicionando su resistencia y tolerancia a otros estreses.
El desafío para los sistemas productivos de frijol en México no radica solo en identificar las especies dominantes de malezas, sino en comprender su dinámica poblacional en el tiempo, su respuesta a las prácticas de manejo y su interacción con el clima y el suelo. Un enfoque de manejo integrado de malezas, que combine rotación de cultivos, labranza estratégica, uso racional de herbicidas con diferentes modos de acción y selección de variedades de frijol con arquitectura más competitiva, se vuelve esencial para reducir la presión del banco de semillas y estabilizar los rendimientos, especialmente bajo escenarios de variabilidad climática creciente y restricciones en el uso de insumos químicos.
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