Sistemas de producción del cultivo de frijol

El frijol en México se produce mayoritariamente bajo sistemas de temporal de baja inversión, donde la precipitación estacional define la ventana de siembra, el arreglo topológico y la elección de variedades criollas o mejoradas de ciclo intermedio, esta estructura responde a la alta variabilidad intra e interanual de lluvias, que desincentiva esquemas intensivos y orienta al productor a minimizar riesgos más que a maximizar rendimientos, privilegiando estabilidad y resiliencia del agroecosistema.
Este predominio del temporal se refuerza por la limitada superficie con riego presurizado, los altos costos energéticos y la fragmentación de la tenencia, así, el frijol se integra en sistemas mixtos con maíz y forrajes, donde la diversificación amortigua pérdidas climáticas y de mercado, además, el manejo reducido de insumos sintéticos mantiene bancos de semillas adaptadas localmente, que sostienen la plasticidad fenotípica necesaria frente a eventos extremos crecientes.
Tipo de operación
Los sistemas de producción de frijol en México se estructuran hoy sobre un eje central: el tipo de operación. La forma en que se decide producir, desde el uso de suelo o sustrato, hasta el manejo convencional u orgánico, y la elección entre campo abierto o agricultura protegida, determina la eficiencia fisiológica del cultivo, la expresión del potencial genético de las variedades y la rentabilidad del sistema. Más que una lista de alternativas, se trata de configuraciones tecnológicas que responden a restricciones climáticas, de mercado y de capital, y que reconfiguran la lógica tradicional del frijol como cultivo de temporal de baja inversión.
Suelo vs sustrato: la base física del sistema
El frijol, Phaseolus vulgaris L., se ha cultivado históricamente en suelo mineral, donde la estructura, textura y dinámica de agua disponible y nitrógeno condicionan el rendimiento. En sistemas de temporal de zonas áridas y semiáridas, con suelos de capacidad de campo limitada y alta variabilidad de lluvias, la productividad promedio nacional difícilmente supera 0.7-0.8 t/ha, mientras que en riego con suelos profundos y bien drenados se reportan rendimientos estables de 2.0-3.0 t/ha. El suelo no es solo soporte físico, es un regulador biológico donde interactúan rizobios, hongos micorrízicos y microorganismos solubilizadores de fósforo, que definen la eficiencia de la fijación biológica de nitrógeno (FBN) y el aprovechamiento de fertilizantes.
Sin embargo, la intensificación de la producción y la presión por uniformidad han impulsado el uso de sustratos inertes u orgánicos en frijol bajo agricultura protegida, sobre todo para mercados de vaina tierna o frijol ejotero. Sustratos como fibra de coco, perlita, mezclas turba-agrolita y compost estabilizado permiten un control más preciso de la relación aire-agua en la rizosfera, reducen la compactación y facilitan estrategias de fertirrigación de alta frecuencia, lo que se traduce en mayor estabilidad productiva y ciclos más cortos. En estos sistemas, el frijol se comporta como un cultivo hortícola de alta densidad, con rendimientos de 15-25 t/ha de vaina, aunque con mayores requerimientos de inversión y manejo técnico.
La transición de suelo a sustrato implica una reconfiguración del rol de la microbiota, ya que la FBN depende de la inoculación dirigida con rizobios específicos y del manejo de la solución nutritiva. En suelo, la variabilidad de poblaciones nativas y la competencia microbiana generan respuestas inconsistentes a la inoculación, mientras que en sustrato se puede establecer un consorcio microbiano más controlado y compatible con el genotipo. Esto abre la puerta a sistemas de baja o nula aplicación de nitrógeno mineral, siempre que se mantenga un equilibrio entre FBN, suministro de fósforo y micronutrientes críticos como molibdeno y cobalto.
Convencional vs orgánica: manejo de insumos y procesos biológicos
La dicotomía entre producción convencional y orgánica en frijol no se reduce al uso o no de agroquímicos, sino a la lógica con la que se gestiona la fertilidad y la sanidad. En sistemas convencionales de alto insumo, el frijol se integra en esquemas de rotación con maíz o trigo, con fertilización mineral basada en diagnósticos de suelo, control químico de malezas y plagas, y uso de variedades mejoradas de alto potencial. Estos sistemas favorecen la estabilidad del rendimiento y la estandarización de calidad, pero dependen de insumos externos y son vulnerables a la volatilidad de precios de fertilizantes y plaguicidas.
En contraste, la producción orgánica de frijol se apoya en la construcción gradual de fertilidad mediante abonos verdes, compostas, lombricomposta y rotaciones con leguminosas y gramíneas que aportan biomasa y mejoran la estructura del suelo. La FBN adquiere un papel central, por lo que la selección de cepas de Rhizobium etli o R. phaseoli de alta eficiencia y su inoculación sistemática son decisiones estratégicas. El aporte de nitrógeno vía materia orgánica es más lento pero más estable, y se complementa con fuentes permitidas como harinas de roca o fosfatos naturales parcialmente solubilizados por la actividad microbiana.
El reto técnico en orgánico se concentra en el manejo integrado de plagas y enfermedades sin moléculas de síntesis, recurriendo a extractos botánicos, bioplaguicidas basados en Bacillus, Trichoderma y virus específicos, además de prácticas culturales como fechas de siembra ajustadas, densidades que mejoran la aireación del dosel y eliminación de residuos infectados. En regiones con alta presión de virosis transmitidas por mosca blanca o roya y antracnosis, el riesgo productivo es elevado si no se integran variedades con resistencia genética y monitoreo fino de poblaciones de insectos vectores.
La elección entre convencional y orgánico se cruza inevitablemente con el tipo de mercado. Mientras el frijol grano para consumo masivo compite por precio y volumen, los nichos de frijol orgánico, criollo o de denominación de origen valoran atributos de calidad nutricional, trazabilidad y conservación de variedades nativas, por lo que aceptan sobreprecios que compensan rendimientos más bajos, típicamente 20-40 % menores que en sistemas convencionales comparables. Esta brecha puede reducirse cuando el manejo orgánico se integra a largo plazo con rotaciones bien diseñadas y un manejo intensivo de materia orgánica, donde la resiliencia frente a sequías y eventos extremos se vuelve una ventaja agronómica tangible.
Campo abierto vs agricultura protegida: control del ambiente y riesgos
La mayoría del frijol en México se produce en campo abierto, tanto en temporal como en riego, expuesto a la variabilidad climática y a la irregularidad de lluvias asociada a fenómenos como El Niño y La Niña. En temporal, el tipo de operación se orienta a minimizar costos, con baja mecanización, densidades moderadas y variedades de ciclo intermedio que permitan escapar a sequías terminales, mientras que en riego se busca maximizar rendimiento mediante mejores fechas de siembra, láminas de riego ajustadas a la etapa fenológica y una nutrición más precisa. Sin embargo, aun en riego, el cultivo está expuesto a golpes de calor en floración, lluvias extemporáneas en madurez y granizadas, factores que reducen el cuajado de vainas y la calidad del grano.
La agricultura protegida introduce un cambio radical en la ecuación, al permitir controlar temperatura, humedad relativa, radiación incidente y, en muchos casos, el flujo de aire y la presión de patógenos. En invernaderos y macrotúneles, el frijol se maneja como cultivo intensivo de alto valor, generalmente en sistemas de riego presurizado con fertirrigación y, con frecuencia, en sustrato. El control del microclima reduce la incidencia de enfermedades foliares y mejora la eficiencia del uso del agua, alcanzando coeficientes de productividad hídrica muy superiores a los de campo abierto, con rendimientos por unidad de superficie que pueden triplicar los de temporal.
No obstante, la agricultura protegida incrementa la complejidad del manejo, ya que la densidad de siembra, el balance fuente-demanda de fotosintatos y la ventilación deben armonizarse para evitar estrés fisiológico, aborto floral o proliferación de enfermedades como mildiu en ambientes húmedos. La acumulación de sales en sustratos mal drenados y la necesidad de monitorear la conductividad eléctrica de la solución nutritiva obligan a una gestión técnica continua, apoyada en sensores y registros frecuentes. Además, el riesgo financiero se concentra, pues fallas en el manejo de clima o nutrición pueden traducirse en pérdidas significativas en sistemas de alta inversión.
El tipo de operación en agricultura protegida también redefine el perfil de plagas, favoreciendo problemas con trips, mosca blanca y ácaros, que se controlan mejor con estrategias de manejo integrado que combinan mallas antiáfidos, control biológico con enemigos naturales y aplicaciones puntuales de productos de bajo impacto. Esta lógica intensiva, aunque costosa, permite producir frijol fuera de temporada, acceder a mercados de exportación o de consumo fresco de alto poder adquisitivo y reducir la dependencia de las ventanas climáticas tradicionales.
Interacciones y transiciones entre sistemas
Las decisiones sobre suelo o sustrato, convencional u orgánico, campo abierto o protegido, no son compartimentos aislados, sino componentes que se combinan para generar sistemas híbridos adaptados a realidades regionales específicas. Por ejemplo, es posible encontrar frijol en suelo bajo agricultura protegida, donde se aprovecha la estructura del invernadero para modificar el microclima pero se mantiene la dinámica del suelo y su microbiota, reduciendo costos de sustrato y facilitando rotaciones con otros cultivos. De manera similar, se desarrollan sistemas orgánicos en campo abierto con riego tecnificado, que combinan baja dependencia de insumos externos con alta eficiencia en el uso del agua.
Las transiciones entre tipos de operación suelen ser graduales y condicionadas por la disponibilidad de capital, conocimiento técnico y acceso a mercados diferenciados. Un productor de frijol convencional de riego puede iniciar con prácticas de manejo integrado de cultivos de cobertura, reducción de dosis de nitrógeno y adopción de inoculantes de alta calidad, moviéndose hacia un sistema de intensificación ecológica sin abandonar por completo los insumos de síntesis. A partir de ahí, la migración hacia esquemas orgánicos certificados o hacia agricultura protegida dependerá de la capacidad de inversión, la organización colectiva y las políticas de apoyo que reconozcan el valor de estos cambios.
En última instancia, el tipo de operación en frijol define cómo se articula el cultivo con los servicios ecosistémicos, la seguridad alimentaria regional y las cadenas de valor. Sistemas de suelo bien manejado, con alta materia orgánica y rotaciones diversificadas, pueden sostener producción estable en campo abierto con baja huella ambiental, mientras que los sistemas en sustrato y protegidos abren la puerta a una agricultura de precisión orientada a mercados exigentes pero intensiva en conocimiento. El desafío agronómico consiste en diseñar combinaciones de estas opciones que, más allá de maximizar el rendimiento puntual, mantengan la funcionalidad del agroecosistema y la viabilidad económica de los productores en el largo plazo.
Tecnologías utilizadas
Los sistemas de producción de frijol en México se encuentran en una fase de transición tecnológica marcada por la coexistencia de esquemas altamente tecnificados y unidades de producción de temporal con mínima mecanización, esta dualidad obliga a analizar las tecnologías no como un catálogo de herramientas, sino como conjuntos integrados que modifican la fisiología del cultivo, la eficiencia del uso de recursos y la estabilidad de los rendimientos bajo escenarios climáticos cada vez más variables.
Mecanización, manejo de suelo y siembra de precisión
En las regiones de frijol de riego y en los temporales más avanzados, la mecanización ya no se limita a la labranza y la cosecha, se ha desplazado hacia esquemas de siembra de precisión con dosificadores neumáticos capaces de regular densidad y espaciamiento intra-surco con variaciones menores al 5 %, lo que permite ajustar la población objetivo de 180.000 a 250.000 plantas/ha según variedad, tipo de crecimiento y disponibilidad hídrica, reduciendo la competencia intraespecífica y homogeneizando la floración y el llenado de vaina. Esta precisión en la distribución espacial se complementa con calibraciones específicas de profundidad, que en suelos con textura media se sitúan entre 4 y 6 cm para favorecer una emergencia rápida, disminuyendo la ventana de vulnerabilidad a Rhizoctonia y Pythium.
La labranza también ha experimentado un giro, pasando de esquemas convencionales de arado y rastra a sistemas de labranza reducida y siembra directa en zonas con alta erosión eólica e hídrica, como el Altiplano semiárido, donde la conservación de rastrojo de maíz o trigo sobre la superficie reduce la evaporación directa y mejora la infiltración, lo que se traduce en un uso más eficiente de la lluvia efectiva, con incrementos documentados de hasta 0,3-0,5 t/ha en rendimientos de frijol de temporal cuando se combina con variedades adaptadas a estrés hídrico. El reto técnico reside en ajustar la maquinaria a residuos pesados y suelos con compactación subsuperficial, lo que ha impulsado el uso de subsoladores localizados y sembradoras con discos cortadores de rastrojo.
La cosecha mecanizada, antes limitada a lotes de riego con cultivares de porte determinado, se ha extendido gradualmente a sistemas de temporal mediante cosechadoras modificadas y el desarrollo de genotipos con inserción de vaina más alta y maduración más uniforme, aun así, la adopción plena se frena por la variabilidad intra-parcela en madurez fisiológica, por lo que se están probando desecantes químicos selectivos y reguladores de crecimiento para sincronizar la senescencia, una tecnología que exige protocolos precisos para evitar residuos en grano y afectaciones a la microbiota del suelo.
Manejo hídrico, nutricional y bioinsumos
El manejo del agua en frijol ha dejado de ser una simple programación de riegos por calendario para convertirse en decisiones basadas en sensores y modelos de balance hídrico, en distritos de riego del Bajío y del norte se utilizan tensiómetros, sensores capacitivos y estaciones agrometeorológicas que alimentan plataformas de riego inteligente, ajustando láminas y fechas críticas, en particular floración y llenado de vaina, donde el déficit hídrico puede reducir el rendimiento hasta 60 %, esta tecnificación del riego por superficie se combina con una expansión incipiente del riego por goteo y cintilla, que optimiza el uso del agua con eficiencias superiores al 90 % y permite la aplicación de fertilizantes vía fertirrigación.
La nutrición del frijol se ha reconfigurado a partir de una visión más integral de la fijación biológica de nitrógeno (FBN), la cual, en condiciones óptimas de nodulación, puede aportar entre 40 y 80 kg N/ha, reduciendo la necesidad de fertilizantes sintéticos, por ello, la inoculación con rizobios específicos se ha vuelto una tecnología clave, con formulaciones líquidas y sólidas de cepas seleccionadas de Rhizobium etli y R. tropici aplicadas a la semilla o en surco. La respuesta a la inoculación es mayor en suelos con baja historia de leguminosas o con pH extremos, donde la población nativa de rizobios es limitada o poco efectiva, sin embargo, la eficiencia de la FBN depende de una nutrición balanceada con fósforo, molibdeno y azufre, lo que ha impulsado el uso de mezclas NPKS y microelementos diseñadas para leguminosas.
Paralelamente, se ha expandido el uso de bioinsumos más allá de los inoculantes clásicos, incorporando hongos micorrízicos arbusculares y bacterias promotoras del crecimiento vegetal (PGPR) que mejoran la absorción de fósforo y la tolerancia a estrés abiótico, estos productos, combinados con enmiendas orgánicas como compost y biochar, contribuyen a incrementar el carbono orgánico del suelo y la estabilidad de agregados, reduciendo la susceptibilidad a costras superficiales y mejorando la infiltración, lo que resulta especialmente relevante en sistemas de temporal con lluvias concentradas en pocos eventos de alta intensidad.
El manejo nutricional avanza también hacia esquemas de fertilización sitio-específica, apoyados en análisis de suelo georreferenciados y mapas de variabilidad intra-parcela, en algunos núcleos de producción tecnificada se utilizan equipos de aplicación variable que ajustan dosis de fertilizante en tiempo real, con base en prescripciones cargadas en monitores de cabina, esta tecnología, aún incipiente en frijol, tiende a expandirse conforme se abaratan los sistemas de posicionamiento y se consolida la cultura del muestreo sistemático de suelos.
Protección fitosanitaria y mejoramiento genético asistido
La protección fitosanitaria del frijol se ha desplazado de esquemas basados en calendarios fijos de aplicación hacia modelos de manejo integrado de plagas y enfermedades (MIPE) que combinan monitoreo, umbrales económicos y herramientas biológicas y químicas, en el caso de enfermedades como tizón común (Xanthomonas phaseoli pv. phaseoli) y roya (Uromyces appendiculatus), la base tecnológica más eficiente sigue siendo el uso de variedades resistentes, desarrolladas mediante mejoramiento genético asistido por marcadores que acelera la piramidación de genes de resistencia y la adaptación a diferentes ambientes de producción.
Las tecnologías de mejoramiento han incorporado genómica de alto rendimiento, mapeo de QTL y selección genómica, lo que permite predecir el desempeño de líneas avanzadas en múltiples ambientes, optimizando los ciclos de selección, en México, los programas públicos y privados han logrado materiales de frijol negro y pinto con mayor tolerancia a sequía terminal y altas temperaturas, con rendimientos superiores a 2,0-2,5 t/ha en riego y 1,2-1,5 t/ha en temporal favorable, sin embargo, la adopción de estas variedades depende de su aceptación en mercados regionales, donde el tamaño, color y tiempo de cocción siguen siendo criterios decisivos.
En el ámbito de plagas, la adopción de feromonas sexuales y trampas amarillas para monitoreo de mosquita blanca (Bemisia tabaci) y trips ha permitido reducir aplicaciones innecesarias de insecticidas, mientras que el uso de hongos entomopatógenos como Beauveria bassiana y Metarhizium anisopliae se consolida como herramienta complementaria en sistemas con certificación orgánica o de bajo impacto, aun así, los insecticidas sintéticos continúan siendo pieza central en muchos sistemas, aunque con tendencia a productos de menor impacto ambiental y esquemas de rotación para retrasar la resistencia.
El manejo de malezas avanza hacia combinaciones de control químico selectivo con herbicidas preemergentes y postemergentes específicos para frijol y prácticas culturales como la siembra en surcos estrechos, que favorecen un cierre rápido del dosel y reducen la radiación incidente sobre el suelo, limitando la emergencia de nuevas cohortes de malezas, la integración de coberturas invernales y rotaciones con gramíneas también contribuye a disminuir el banco de semillas de especies problemáticas como Amaranthus y Echinochloa.
Agricultura digital, sensores y tendencias emergentes
En los últimos años, la agricultura digital ha comenzado a redefinir los sistemas de producción de frijol, aunque con una velocidad de adopción desigual, en zonas con mayor capitalización se utilizan drones multiespectrales y sensores de proximidad para generar índices de vegetación (NDVI, NDRE) que permiten detectar tempranamente deficiencias nutrimentales, estrés hídrico o focos de enfermedades, estos datos se integran en plataformas de gestión que generan mapas de vigor y recomendaciones de manejo diferenciado, abriendo la puerta a esquemas de agricultura de precisión más sofisticados.
La incorporación de modelos de simulación de cultivo específicos para frijol, calibrados con datos locales, permite proyectar escenarios de rendimiento bajo distintas fechas de siembra, densidades y láminas de riego, lo que apoya la toma de decisiones estratégicas en un contexto de alta variabilidad climática, estos modelos, combinados con pronósticos climáticos estacionales, facilitan la planificación de superficies y la selección de variedades según el riesgo de sequía intraestacional o heladas tempranas, una tendencia que se fortalecerá conforme se integren datos en tiempo real de estaciones meteorológicas automatizadas.
Otra tendencia emergente es la trazabilidad digital de la cadena de frijol, impulsada por exigencias de mercados nacionales e internacionales, mediante códigos QR, plataformas blockchain y sistemas de registro en campo, se documentan prácticas de manejo, uso de agroquímicos y origen de la semilla, lo que permite diferenciar lotes producidos bajo esquemas de agricultura sustentable o baja huella de carbono, esta trazabilidad abre nichos de mercado con mejores precios, incentivando la adopción de tecnologías que reduzcan la huella hídrica y de emisiones, como la optimización de fertilización nitrogenada y la incorporación de residuos al suelo en lugar de su quema.
En paralelo, se consolidan experiencias de intensificación sostenible basadas en sistemas de policultivo y rotaciones frijol-maíz-cártamo o frijol-trigo-sorgo, donde el frijol aporta nitrógeno al sistema y rompe ciclos de plagas y enfermedades, estas configuraciones se apoyan en tecnologías de manejo integrado del paisaje que incluyen bordes con vegetación nativa para favorecer enemigos naturales y polinizadores, así como prácticas de manejo de escorrentías y terrazas vivas, la visión tecnológica deja de centrarse solo en la parcela y se expande al agroecosistema completo.
La convergencia de estas tecnologías —mecanización ajustada, bioinsumos, mejoramiento genético avanzado, agricultura digital y manejo agroecológico— está redefiniendo el horizonte productivo del frijol en México, no como un paquete único, sino como combinaciones adaptadas a contextos específicos de clima, suelo, capital y organización social, el desafío para los profesionales agrícolas consiste en diseñar trayectorias tecnológicas que incrementen productividad y resiliencia sin desplazar a los pequeños productores, integrando innovación con conocimiento local y criterios de sostenibilidad de largo plazo.
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